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ESPECIAL

Dos poemas de Borges y una mujer perdida

ago. 27, 2006 00:00

en Información General

Comenzaré por referir lo que creo que son los hechos. Jorge Luis Borges publicó su primer libro de relatos, Historia Universal de la Infamia, en 1935. El volumen reunía un conjunto de “ejercicios de prosa narrativa”, como los calificará su autor en el breve prólogo, escritos entre 1933 y 1934, y que previamente habían sido publicados en el diario Crítica. El texto estaba precedido por una enigmática dedicatoria en inglés a una mujer, y decía así: “I inscribe this book to I.J.: English, innumerable and an Angel. Also: I offer her that kernel of myself that I have saved, somehow – the central heart that deals not in words, traffics not with dreams and is untouched by time, by joy, by adversities”. (Dedico este libro a I.J.: Inglesa, innumerable y un Angel. Además: Te ofrezco ese núcleo de mí mismo que he salvado, de algún modo: ese corazón que no comercia con palabras, que no trafica con sueños, y que no ha sido tocado por el tiempo, por el júbilo, por las adversidades).
Algunos años después, en 1943, Borges recopilará las poesías escritas en aquella época en el volumen Poemas (1922-1943), y allí nos enteraremos que esa dedicatoria era en realidad la parte central de un poema escrito en inglés hacia 1934; más precisamente, era parte del segundo de dos poemas que Borges tituló entonces “Prose Poems for I.J.” (“Poemas en Prosa para I.J.”).
Pero la historia empieza a complicarse. En la edición que en 1954 realizó Losada de sus Poemas (1923-1953), Borges le cambia el título a esas dos composiciones, que serán conocidas de aquí en más como “Two English Poems” (Dos Poemas Ingleses), y en una nota a pie de página aclara que el primero de ellos fue escrito para Beatriz Bibiloni Webster de Bullrich. Lo curioso del caso es que ese mismo año se publica la segunda edición de Historia Universal de la Infamia, con un nuevo prólogo, con el mismo texto de la dedicatoria en inglés, pero ahora destinada a otra persona, a otra mujer, una no menos desconocida S.D. que reemplaza a la I.J. de la edición original.
Finalmente, a partir de la edición de Emecé de sus Poemas (1923-1958), y luego en la compilación El Otro, el Mismo (1964), los dos poemas ingleses quedarán definitivamente dedicados a Beatriz Bibiloni Webster de Bullrich; y en el caso de la Historia Universal de la Infamia, permanecerán inalteradas las iniciales y el texto en inglés de la dedicatoria, dirigidas desde la segunda edición en adelante a la mujer identificada como S.D. Como era de esperarse, al momento de salir a la luz la primera edición de las Obras Completas (1974), que el propio Borges supervisó, se mantuvo idéntico criterio: ya no quedará ningún rastro de la misteriosa I.J. a quién originalmente le habían sido dedicados su primer libro de relatos, y los dos poemas. Inútil agregar que la última edición a cargo de María Kodama (2005) tampoco trae ninguna noticia de I.J.

En la búsqueda, acaso imposible, de esa mujer perdida es inevitable reconocer que se bifurcan los senderos. Uno de esos caminos nos lleva tras la pista del hombre que escribió los textos. En 1934 Borges había cumplido treinta y cinco años, y ya había comenzado a padecer problemas en la vista; tenía publicados tres libros de poemas y cinco delgados volúmenes de ensayos, había obtenido el Segundo Premio Municipal de Poesía (1929), y mientras labraba su vasto porvenir literario entre la vanguardia cultural porteña, ganaba ochenta escasos pesos dirigiendo la Revista Multicolor en el diario de Natalio Botana. Es el Borges que escribe en el prólogo de Discusión (1932): “vida y muerte le han faltado a mi vida. De esa indigencia, mi laborioso amor por estas minucias”. Con treinta y pico de años habla como si fuera un viejo que juega a desdeñar lo que quizá más ama, la literatura, y arrastra como una condena a perpetuidad su imposible relación física con las mujeres.
Al recordar aquellos años en otro prólogo, el de la ya citada segunda edición de Historia Universal de la Infamia (1954), nos dirá que el libro “no es otra cosa que apariencia”, y que “el hombre que lo ejecutó era asaz desdichado, pero se entretuvo escribiéndolo”. De esa época, según el recuerdo de María Esther Vázquez, data su primer intento de suicidio. Un Borges carcomido por el insomnio habría tomado la decisión en febrero de 1935, compró un revólver en una armería de la calle Entre Ríos, una botella de ginebra y una novela policial que ya había leído, para no distraerse con las sorpresas que pudiera depararle una trama novedosa. Luego tomó el tren hasta el Hotel Las Delicias, en Adrogué, donde había pasado los lentos veranos de su infancia, y donde un par de años después un desgarbado ingeniero inglés recibiría el XI volumen de la Primera Enciclopedia de Tlön; alquiló un cuarto y se recostó vestido sobre la cama, pero el valor le fue negado, y se quedó dormido, y borracho, con el pesado revólver descansando sobre el pecho.

Pero si un sendero sigue el rastro del hombre, otras huellas se pierden tras los confusos pasos de mujeres borrosas. Alicia Jurado, en la primera biografía que se escribió sobre el autor, toma al pie de la letra la versión inicial de Borges, y conjetura -“aunque sin ninguna prueba”- que las desdichas de esos años se deben “a una mujer inglesa a quien dedica” la Historia Universal de la Infamia; registra algunos cambios de dedicatoria en los diferentes textos, pero no se plantea ningún problema con las identidades encubiertas por nuestro autor. En el otro extremo, el escritor mexicano Jorge Esquinca, siguiendo parcialmente a Emir Rodríguez Monegal, opta por la alegoría: Beatriz Babiloni (sic) Webster de Burlich (sic) sería nada más que una máscara de una mujer real, pero Borges la habría bautizado así como encarnación de la dantesca e inalcanzable Beatriz, el eterno femenino que justifica una obra y sostiene en vilo una vida. Con una interpretación un poco más terrenal, María Esther Vázquez cree que las iniciales protegían a mujeres casadas a las que Borges cortejaba con tesón, con derroches de imaginería, con ineficacia. Pero busca correspondencias literales: S.D. sería Sara Diehl de Moreno Hueyo, “Pipina”; la destinataria de los dos poemas ingleses sería la susodicha Beatriz Bibiloni Webster de Bullrich; y nada nos dice de la inquietante I.J. que un buen día desapareció de los textos borgianos.
Estela Canto, en cambio, en su libro Borges a Contraluz (1989), cree que la tal Bibiloni nunca existió; señala que Borges, “contrariamente a su costumbre...nunca (la) nombró”, e insiste en que la mujer que por aquellos años obsesionaba al autor de Fervor de Buenos Aires era S.D. Citando el testimonio del Borges que ella frecuentó entre mediados de los años cuarenta y principios de la década del cincuenta, nos advierte que “S.D. era una dama muy católica, con hijos, y que él había usado esas iniciales para no crearle molestias con su marido”. Razonablemente, de la interpretación de Canto – a diferencia de lo conjeturado por Vázquez- se sigue que no habría ninguna identificación lineal entre las siglas y las iniciales del nombre de esa mujer; pero en algo coinciden ambos testimonios: tampoco Canto aporta alguna pista que nos lleve hasta I.J.
La circunspecta investigación de James Woodall, El Hombre en el Espejo del Libro (1996), discrepa parcialmente con el recuerdo de la mujer a quien le fuera dedicado “El Aleph”: aporta algunos elementos que atestiguan la existencia de Beatriz Bibiloni; cree que la mujer aludida en los dos poemas ingleses es Sara Diehl, pero también se declara en quiebra intelectual con I.J., que según reconoce, “nunca fue satisfactoriamente identificada”. En este punto, en cambio, la minuciosa, documentada y un tanto obsesiva biografía de Edwin Williamson, Borges. Una vida (2004), se vuelve más temeraria: al analizar la dedicatoria a I.J. de la primera edición de la Historia Universal de la Infamia admite que “nadie ha identificado el objeto de esta dedicatoria apasionada”, y que esas iniciales “siguen siendo una especie de misterio”, pero arriesga la hipótesis –sin ofrecer una evidencia sólida- de que se trataría de Norah Lange. El problema con Williamson es que casi todas las cosas en la obra de Borges referirían a Norah Lange.

Llegados a este punto solo nos resta emprender el camino de los poemas. Me he atrevido a traducirlos por una razón sencilla, y espero que valedera: creo que son dos de los más entrañables (o los dos más entrañables) poemas de Borges, a los que muchos lectores no tienen acceso porque están escritos en otro idioma. En una obra que se extiende por varios volúmenes, se pueden contar con los dedos de una mano los textos en los que Borges le habla de manera tan franca a una mujer, le dice lo que siente, lo que es capaz de ofrecerle, o lo que perderá con su ausencia. En un censo heterogéneo habría que recordar “Una despedida” y “Amorosa anticipación”, de Luna de Enfrente, los dos poemas de “1964”, incluidos en El Otro, el Mismo, o la “Elegía del recuerdo imposible”, de La Moneda de Hierro; entre sus cuentos podría agregarse “Ulrica” (1975), pero la descripción de esa relación amorosa es tan fría y distante como el paisaje nórdico que atraviesan sus protagonistas.
Que Borges haya elegido otro idioma, la lengua que le enseñó a hablar su abuela inglesa, Fanny Haslam, y que manejaba con maestría, para escribir una de sus composiciones más personales es una paradoja que requiere alguna consideración. Tal vez lo hizo para agregar una tenue cortina de humo a una confidencia doliente; al fin y al cabo, como él mismo escribió de Shakespeare en “Everything and Nothing” (1960), dejó en “algún recodo de la obra una confesión, seguro de que no la descifrarían”; o quizá lo hizo así porque la muchacha era inglesa (si creemos literalmente en la dedicatoria de 1935); o porque el inglés era un código privado entre los dos; o porque era una forma rudimentaria –pero útil- de despistar la torpe vigilancia de un marido celoso. Pero lo significativo del caso es que, hasta donde recuerdo, nunca volverá a decir de una manera tan frontal que está enamorado; y tampoco volverá a escribir un poema en inglés. De aquí en más, siempre que escriba sobre una emoción personal lo hará bajo una densa capa de citas eruditas, de comparaciones mitológicas, de fatigosos pies de páginas, de trozos selectos de literaturas germánicas, de referencias bibliográficas. En estos dos poemas ingleses, en cambio, el hombre que fue Borges y la mujer que amaba casi se dejan tocar con las manos. Salvo la mención lateral a sus antepasados guerreros, no hay ninguna enciclopedia que distraiga al lector de un sentimiento expuesto a flor de piel. A diferencia del laberíntico poeta que estamos acostumbrados a leer en español, este Borges en inglés es llano, directo, pudorosamente íntimo.
Agrego un par de observaciones finales. El lector advertirá que al traducir estos poemas he traicionado el idioma original siempre que mi intuición del español me lo aconsejaron. Las torpezas agregadas por mi precario conocimiento del inglés seguramente habrán introducido algún desapercibido desliz. De todos modos, y para tranquilidad de los exigentes lectores, he puesto juntos el texto original y mi versión para que se confronte hasta dónde he abusado de mis libertades de improvisado traductor.
Del octavo verso del segundo poema se infiere que Borges le está hablando a una mujer más joven que él; de la última línea se deduce que ambos poemas fueron escritos en medio de ese desasosegado expediente de todos los amores contrariados. Pero también se intuye algo más profundo, más recóndito, quizá más definitivo. Esos versos dejan entrever la imagen de un hombre que en la mitad del camino de su vida –repito: tiene entonces treinta y cinco años- presiente que no encontrará a Beatriz; un hombre todavía joven que de una oscura manera ya se vislumbra condenado a la desdicha; un hombre que ha empezado a creer, de una vez y para siempre, que incumplirá el humano deber de ser feliz. Pero claro, ése será otro poema.


TWO ENGLISH POEMS
Por Jorge Luis Borges (1934)

I.
The useless dawn finds me in a deserted streetcorner; I have outlived the night.
Nights are proud waves: darkblue topheavy waves laden with all hues of deep spoil, laden with things unlikely and desirable.
Nights have a habit of mysterious gifts and refusals, of things half given away, half withheld, of joys with a dark hemisphere. Nights act that way, I tell you.
The surge, that night, left me the customary shreds and odd ends: some hated friends to chat with, music for dreams, and the smoking of bitter ashes. The things my hungry heart has no use for.
The big wave brought you.
Words, any words, your laughter; and you so lazily and incessantly beautiful. We talked and you have forgotten the words.
The shattering dawn finds me in a deserted street of my city.
Your profile turned away, the sounds that go to make your name, the lilt of your laughter: these are the illustrious toys you have left me.
I turn them over in the dawn, I lose them; I tell them to the few stray dogs and to the few stray stars of the dawn.
Your dark rich life…
I must get at you, somehow: I put away those illustrious toys you have left me, I want your hidden look, your real smile –that lonely, mocking smile your mirror knows.

II.
What can I hold you with?
I offer you lean streets, desperate sunsets, the moon of the ragged suburbs.
I offer you the bitterness of a man who has looked long and long at the lonely moon.
I offer you my ancestors, my dead men, the ghost that living men have honoured in marble: my father’s father killed in the frontier of Buenos Aires, two bullets through his lungs, bearded and dead, wrapped by his soldiers in the hide of a cow; my mother’s grandfather –just twentyfour- heading a charge of three hundred men in Perú, now ghosts on vanished horses.
I offer you whatever insight my books may hold, whatever manliness humour my life.
I offer you the loyalty of a man who has never been loyal.
I offer her that kernel of myself that I have saved, somehow – the central heart that deals not in words, traffics not with dreams and is untouched by time, by joy, by adversities.
I offer you the memory of a yellow rose seen at sunset, years before you were born.
I offer you explanations of yourself, theories about yourself, authentic and surprising news of yourself.
I can give you my loneliness, my darkness, the hunger of my heart; I am trying to bribe you with uncertainty, with danger, with defeat.


DOS POEMAS INGLESES
Por Jorge Luis Borges (1934)

I.
El inútil amanecer me encuentra en una esquina desierta; he sobrevivido a la noche.
Las noches son olas orgullosas; olas pesadas y oscuras, abrumadas con todos los tintes del despojo, abrumadas con cosas imposibles y deseables.
Las noches tienen un hábito de regalos misteriosos y de rechazos, de cosas a medio entregar, a medio rehusar, de joyas con un hemisferio oscuro.
Las noches actúan de esa manera, te lo advierto.
El oleaje, esa noche, me dejó los acostumbrados retazos y cabos sueltos: algunos odiados amigos para charlar, música para los sueños, y el humear de amargas cenizas. Cosas que no le sirven a mi corazón hambriento.
La gran ola te trajo.
Palabras, unas palabras, tu risa; y tú tan indolente, tan incesantemente hermosa. Charlamos y has olvidados las palabras.
El destrozado amanecer me encuentra en una calle desierta de mi ciudad.
Tu figura que se aleja, los sonidos que van a formar tu nombre, la cadencia de tu risa: estos son los insignes juguetes que me dejaste.
Los pongo de cabeza en la madrugada, los pierdo, los recupero; se lo cuento a un puñado de perros vagabundos y a las pocas estrellas extraviadas de la aurora
Tu oscura y espléndida vida...

II.
¿Con qué puedo retenerte?
Te ofrezco calles descarnadas, crepúsculos desesperados, la luna de rasgados suburbios.
Te ofrezco la amargura de un hombre que ha mirado larga y lentamente la luna solitaria.
Te ofrezco mis ancestros, mis muertos, los fantasmas que los vivos han honrado en mármol; el padre de mi padre, caído en la frontera de Buenos Aires, dos balas en los pulmones, barbado y muerto, arropado por sus soldados en el cuero de una vaca; el abuelo de mi madre –apenas veinticuatro años- al frente de una carga de trescientos hombres en el Perú, ahora fantasmas sobre caballos desvanecidos.
Te ofrezco cualquier hallazgo que puedan guardar mis libros, cualquier hombría, el humor que pueda tener mi vida.
Te ofrezco la lealtad de un hombre que nunca ha sido leal.
Te ofrezco ese núcleo de mí mismo que he salvado, de algún modo: ese corazón que no comercia con palabras, que no trafica con sueños, y que no ha sido tocado por el tiempo, por el júbilo, por las adversidades.
Te ofrezco el recuerdo de una rosa amarilla, contemplada al atardecer, años antes de que tu nacieras.
Te ofrezco explicaciones de ti misma, teorías acerca de ti misma, auténticas y sorprendentes noticias de ti misma.
Te puedo dar mi soledad, mi oscuridad, el ansia de mi corazón; Estoy tratando de sobornarte con la incertidumbre, con el peligro, con la derrota.

* Antonio Camou, 2006. Jefe del Departamento de Sociología de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La Plata. (Ensayo inédito especial para DIB) Traducción: Antonio Camou*

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