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ENTREVISTA CON EXEQUIEL SAPULA, ARTISTA

El fuego y las ganas de pintar

ene. 03, 2017 11:55

en Cultura

Diario La Mañana de Bolívar - Cultura - El fuego y las ganas de pintar

La vida con su fuego insondable y cercano le quemaba, y el arte fue su ibuprofeno, el refugio donde un Exequiel Sapula aún adolescente se metió a descubrir/asumir alguna clase de verdad. “Me llevó demasiados años darme cuenta quién era. Como decía Luca (Prodan): ‘No sé lo que quiero pero lo quiero ya’. Ese sentimiento me acompañó desde los quince años, cuando tuve la primera crisis. Fue como decir ‘díganme la verdad, porque más allá de esto siento que hay otra cosa, que la cosa no termina en que el suelo es duro y el cielo celeste. Ya sospechaba que lo que estoy viendo de alguna manera es una ilusión. Siempre fui detrás de esa búsqueda, con una gran ansiedad”, relata a este diario el pintor/dibujante.

Cumplió con la formalidad de la secundaria en el comercial del ex Colegio Nacional, la ‘careteó’ unos años, pero la insatisfacción signaba sus días. En su vida no hubo un “tío loco” que le cruzara una guitarra en medio de las rutinas de un pibe común de barrio que juega a la pelota y va a la escuela, el ‘Quelo’ tuvo que moldearse solo.

Siguió con su ‘personaje’ en Mar del Plata, donde comenzó a estudiar ingeniería. “Pero no era mi agua”, descarta. En ese ámbito se anotició de la carrera de diseño industrial, fue a chusmear y cuando bajó al taller tuvo “la primera gran revelación” de su vida. Enseguida percibió que la carrera le iba de perillas, porque siempre fue “muy curioso, de averiguar qué hay adentro de los juguetes, de armar, desarmar, inventar y construir desde chico” sus propias cosas. Vio “eso organizado, no podía creer que eso se estudiara y que un tipo luego de cinco años pudiera vivir de inventar”.

Pero enseguida surgieron “ciertos conflictos” internos. Eligió el segmento de productos (los otros eran textil e indumentaria), hasta que advirtió que la carrera “tiene que ver con esta fiebre consumista, porque el diseñador siempre está buscando generarte una nueva necesidad”. Esa concepción utilitarista le partía la paciencia. Más todavía cuando comprendió que “la parte creativa es un diez por ciento del proceso de un producto”.

En aquellas aulas conoció a un tal Torres Cano, profesor de historia del arte, un arquitecto apasionado con la creación artística. “Me dio la película Vincent y Theo, y fue otra revelación”, destaca un ‘Quelo’ que, sin embargo, la ‘maradonearía’ un tiempo, una vida, más.

En el 2000 se recibió, entregó la tesis, se la aprobaron (su proyecto, una sala de parto para diez chanchas, les gustó mucho a tipos que conocían a los cerdos de mirarlos en fotos), pero jamás regresó a buscar el título. Fue la última vez que pisó un cenáculo educativo. Ya a esa altura experimentaba con óleo, témpera, con todo lo que fue viendo en historia del arte. En ese período se acercó al teatro y siguió profundizando en el cine, de la mano de Rómulo Pianacci, otro profe: “Él me metió la semilla filosófica de los grandes temas: ‘aviváte, empezá a indagar las cuestiones del ser, quiénes somos”.

 

El que regresó a Bolívar sin el título ni el futuro bajo el brazo fue el viejo ‘Quelo’, pero ya con el nuevo ‘Quelo’ perfilándose entre los escombros del que iba dejando de ser en pos de vestirse con la verdadera piel de un tipito cruzado por la pintura y el arte. Sapula es un espíritu en el mundo material, y ponerse un estudio para juntar plata jamás fue un zapato que le calzara cómodo (ni siquiera necesitó probarlo). A contramano del mandato social y familiar, él prefiere las zapatillas.

Acá comenzó su vínculo fuerte con la pintura: se fue a vivir a un ranchito al campo de su padre, sin luz, donde criaba gallinas. Y sin planearlo, se halló arrojando baldazos de pintura sobre el lienzo, haciendo catarsis. No había ningún proyecto, el ‘Quelo’ pintaba porque algo le “quemaba adentro”, y había encontrado una forma de canalizar su “ansiedad y energía”. Dice que siempre fue “un tipo muy energético”, y que como no hace deportes, necesita otro vehículo para descargar ese flujo. Ahí entra la pintura, qué tal, cómo le va, pase, póngase cómoda.

 

¿Guardaste esas pinturas?

-Creo que hay una por ahí. Pintaba no aprobando lo que hacía, como quien vomita y no guarda el vómito. Muy frenético era, tipo Bacon. Empecé un taller con Lorena (Cayata), otra cosa muy linda que me pasó. Ahí puse otro tirante. No es que piense que soy un artista, pero ahora me hago cargo de que es una de las pocas constantes en mi vida.

 

¿Cuándo te hiciste cargo, a partir de qué?

-No te creas que hace tanto (serán unos diez años, calcula). Mi noviazgo con Selina (Soysa, artista plástica) también fue una entrada a la parte teórica, que yo desconocía, porque soy un loco que desconoce mucho, no me gusta leer mucho sino lo justo, soy un loco más visual, más de imagen y sonido, y de experimentar con las manos, mi gran tesoro. Selina como que ordenó mis papeles, fue como decir ‘no podés dibujar atrás de una boleta de gas, empezá a hacerte cargo de que hay una previa’.

La consabida pregunta ‘de qué voy a vivir’, le raspó el alma en esos confusos días en el campo. Aún hoy es una decisión díscola dedicarse al arte, quitarlo del lugar del hobby en el que lo ubicaría un oficinista, para ponerlo en el centro de la vida. Y, peor todavía, y he allí lo jodido de una apuesta que casi nadie ha hecho: es formalmente imposible vivir del arte en Bolívar (no se puede vivir del amor, diría Calamaro). Sapula selló entonces un pacto consigo, que aún respeta: “Me dije que incursionaría seriamente por ese lado, pero con una sola condición: que siempre me vaya gustando lo que sale. Dejar atrás la etapa de catarsis para que empiecen a pasar cosas que me gusten, que me guste guardar mis cosas, protegerlas y compartirlas. Porque para mí un artista es un tipo que tiene una cierta facilidad, que la vida le habilita desarrollarla, y que comparte lo suyo. Si Spinetta se hubiera puesto un remís…”.

 

Tenés mucha obra en proceso, y no tanta obra lista.

-He pasado muchas etapas. He laburado en cuadros obsesivamente, con compases, reglas, como si tuviera esa obra en la mesa de un quirófano. Meses, y nunca verla terminada, nunca verla terminada. Y ahora estoy en una etapa más suelta. Voy al parque con una hoja en blanco y me la traigo con algo. Antes era una fusión entre dibujo técnico con arte lo que hacía. Y no me doy cuenta cuándo se produjo el cambio. Ahora abandoné ciertos elementos, como las paralelas, plantillas, reglas, pistoletes, que me encantan. Me encanta esa parte de la arquitectura.

Básicamente, en un “noventa y ocho por ciento”, su arte es tracción a “elementos que tengan minas”. Al pincel no lo domina mucho, lo emplea para “darle un marquito atrás, como un agüita”. Usa lápiz acuarelable, rotring, tintas, plumines, “todo lo que tenga punta, dame un tornillo y dibujo en la pared”.

 

“HE DEDICADO MI OBRA AL SER, NO VEO COSA MÁS APASIONANTE”

¿Y qué queda plasmado en lo que hacés hoy?

-He dedicado mi obra al ser humano. Ha sido mi obsesión. No veo cosa más apasionante. Entenderlo, desde la pregunta ‘quién soy’, y dónde pararme. ¿Qué es un auto? Lo podés desparramar en tornillos y tuercas, hasta que llegás a una batería. Cuando armás todo, instalás la batería y le hacés generar corriente, quiere decir que también la batería es el auto (el perfume también es el árbol, en otro estado, dirá). Comencé con una desfragmentación del ser, y me fui metiendo cada vez más adentro. Así empecé a mezclar la física cuántica con la materia, y me di cuenta de que la materia no existe, es una frecuencia energética vibrando a tal megahertz que me hace creer que es duro, pero básicamente es una ilusión mental. Eso me come la cabeza, para bien.

Todo su caudal pictórico fluye de noche. Intentó ser un tipo diurno, pero no le salió (trabajó en la oficina de Camuzzi, por ejemplo). Su placer es vivir “al revés”, saltando sobre el trancazo de la mañana y los compromisos burocráticos que la luz del día impone.

Inicia cada cuadro con “una vaga idea” de hacia dónde ir. “Es como cuando te despertás y recordás que tuviste un sueño. Cuando lo querés atrapar para fijarlo, se desvanece. Yo puedo estar mirando a Rial en la tele y la mano sigue dibujando”, explica el ‘Quelo’.

Su referente es Atilio Buriano, quien lo deslumbró en dos encuentros, uno de muy pibe, en una Navidad (le regaló una postal, titulada Muchacha de la luna), y otro después. Aquella primera vez creyó que se trataba de un mago, “que estaba haciendo trampa”, que no podía crear esas maravillas instantáneas mojando el plumín en la tinta. Incluso hoy ve la influencia de Buriano en su obra, “en las sutilezas, en los trazos continuos y puros”.

 

¿Cómo te llevás con la exhibición? Es curioso que en veinte años no hayas realizado ni una exposición, ni una entrevista.

-Soy de los que no les gusta que les festejen un cumpleaños sorpresa. Me llevás a un lugar engañado, abro la puerta y me encuentro a cuatrocientas personas, y capaz que salgo corriendo. Pero la exhibición es parte de todo esto, en una medida, chiquita o grande, el artista tiene que lidiar con la exposición. No existe posibilidad de que empieces a hacer un arte y no tengas que transar con la exposición, en algún punto. Yo dije ‘bueno, para cuando sea grande’ (se ríe). Pero eso es también parte del hacerte cargo. Traté de aguantarla a la cuestión de exhibirme, tal vez sea por el miedo a que pierda espontaneidad lo que hago, que ya no sea como cuando estaba en la chacra, que me iba al medio de la avena con los perros y un mate, y garabateaba. Capaz después empezás a estar como obligado a hacer algo copado, ya empieza a esperarse algo de vos. Ahí es cuando cedés parte de tu libertad.

 

¿Veinte años después, te sigue quemando el mismo fuego?

-No. El fuego es el mismo, pero he encontrado respuestas a preguntas que verdaderamente me quemaban, me preocupaban. Hoy laburo un poco más aliviado.

                 

 

                    Chino Castro

“Dibujo porque no me queda otra”

Desde que se hizo cargo de ser un artista (ver nota principal), Exequiel Sapula (Exequiel Sapula Djampa Kelzang en el facebook) sólo le ha sido fiel a la pintura. “Dalí decía que la mujer del pintor es la pintura. Que todos sus demás amores, son amantes. Y que conviene que las amantes se lleven bien con la mujer del pintor, porque será su mujer toda su vida. Yo por más que tuve tres millones de conflictos con la pintura, nunca me pude alejar. Dibujo porque no me queda otra”, asevera este artista que se ve como “un albañil” que trabaja “para el amor, para la conciencia y para la esperanza”.

“El arte es la farmacia del alma”

“El arte es lo visionario, anticipa lo que vendrá. Todo lo que hoy vemos de modernidad, fue el flash de algún artista, que de algún modo lo anticipó en su obra”, marcó el hiperkinético Sapula en un segmento de esta entrevista, la primera que da en su vida.

 

No sé si la frase es de él, pero Luis Lozano dice que el artista le agrega al mundo algo que, de no ser por él, faltaría, y que la labor de reflejar es más del periodismo.

-Opino igual. Todo lo que no haga Exequiel Sapula, ¿quién lo va a hacer?

Si tuviese que hablarle a alguien que va a dedicarse al arte, le diría que cuidara lo que hace, porque el artista es el albañil. Ponés los ladrillitos, levantás la casa, pero no podés quedarte a vivir ahí, no es tu casa. Somos la guitarra, el que toca qué sé yo quién es. Somos como una impresora de un ordenador cósmico, y lo que salga será único e irrepetible: vos sos de una manera, pero si te muestro un cuadro que jamás viste, ya serás lo que eras más eso. Es como tomar un medicamento: entra adentro y empieza a hacer algo. Se confunde al arte con entretenimiento, pero el arte es la farmacia del alma. Colgá un cuadro un año y sacalo, vas a ver el vacío que genera en la pared. ¿Quién pasa un día sin escuchar una canción? Si a este mundo le sacáramos el arte, ¿qué quedaría? Por eso pienso que no se le da la importancia que tiene a la vitamina energética y álmica que es el arte. No hay un solo ser en este mundo que no haya consumido algo de arte. Sí hay millones que no han consumido carne u otras cosas, pero arte no.

Como hacer un guiso

“Stella (Darretche) le preguntó a Luis Lozano: ‘¿Cómo hacés un libro?’. Luis le respondió que es como hacer un guisito: te vas a la verdulería, elegís los morrones, tatatá, hasta que la comida queda lista para viajar a la boca”, grafica Sapula.

 

Santísima trinidad

“Para mí se sientan tres a la mesa a realizar una obra: el ego, que es el que abre la cajita de las herramientas, el que tiene la presión para agarrar el lápiz; tu parte espiritual, que es la sensibilidad de bajar los decibeles y escuchar otra cosa, y la fuente de inspiración, que aporta el soplo”. (‘Quelo’ dixit.)

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