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SERGIO GOBI CONMOCIONÓ LA TRINCHERA MULTI-ARTES DE SAPULA Y GARAYALDE

Un fuego inolvidable incendió Sapulandia

may. 16, 2018 11:58

en Información General

Diario La Mañana de Bolívar - Información General - Un fuego inolvidable incendió Sapulandia

El singular cantante, guitarrista y compositor Sergio Gobi se erigió en una suerte de descubrimiento para el racimo de almas que nos dimos cita el viernes en Sapulandia, la trinchera multi-artes regenteada por ‘Quelo’ Sapula y Bettina Garayalde.

Nacido en Urdampilleta y criado entre Buenos Aires, Berlín, Brasil y San Carlos de Bolívar, Gobi deslumbró con un estilo propio en el que convergen claras influencias que el enrulado artista, que también es un notable pintor y dibujante, deconstruye hasta dar forma a algo absolutamente propio en el canto, la tocada y la poética. Fandermole, Aguirre y la onda introspectiva litoraleña; la intrincada aventura del corazón de un Spinetta; la pulsión de un duende en llamas a lo Carnota, más la ‘cuchara’ del albañil Buarque y fuertes pizcas de tango constituirían la hoja de ruta que nos llevaría a su raíz final, esa que el propio Gobi está descubriendo/moldeando casi a la par de exponerla a todo tipo de audiencias ya que tocar y tocar es su plan de regreso a ‘la ciudad de la furia’, Buenos Aires, hace dos meses.

Gobi abrió su concierto con la zamba Promesas, a la que siguieron La higuera y Odiseas, en la que imagina una carta de Ulises a su amada avisándole que está volviendo, aunque sabe que jamás volverá, ya que “nunca se vuelve”, en la mirada del artista.

Gobi cantó y tocó guitarra, solo sobre el escenario, con el alma en la mano y canciones como perdigonadas de sed.

“Cuánto mar cabalgado a pelo/ y sin embargo el cielo”, dice en otro tema. El agua está muy presente en la obra de Gobi, más aún el río, su paciencia y su condición de ir arrastrando y procesando cosas, que el mar. Salomé (tango triste), Invitación al viaje y  Un lugar cualquiera sellaron la primera parte llevándonos a la orilla del break, porque sí, era menester tomarse un respiro para procesar semejante ramalazo de un fuego que no conocíamos, un fuego francamente iluminador. Mucha zamba, chacarera y bossa pero a lo Gobi, entiéndase. No son canciones aterciopeladas, que te endulcen, contienen mejor un elemento incómodo, quebradizo, un cierto dislocamiento, que también aflora en su cantar.

 

En la pausa comentamos Gobi, bebimos y comimos (bien la cantina ‘coloqueliana’), y cuando ya casi habíamos digerido las pizzas y los sándwiches con caramelizadas cebollitas pero no la ‘maravilla Gobi’, el artista regresó a escena para servirnos una suerte de blues donde hace convivir las palabras mecanismo y placenta, algo que sólo Spinetta podría sin que la canción le quede un carromato. (Se me viene ‘Dios de probeta/ de piadosa luz de corderoy’, de La bengala perdida.)

Ya en el tramo final florecieron Alcanfor, una chacarera de amor, y Parcera, otra de amor a una mujer, la guitarra, que compuso precisamente sin ella, extrañándola, en el único viaje de su vida, unas vacaciones en Berlín con su compañera e hijo, en que la ‘doña’ no fue de la partida.

La última flor tuvo tres pétalos: un homenaje al porteñísimo bar Varela Varelita (donde paraba Chacho Álvarez en sus días de gloria en la política argentina, cuando el Frepaso aún era la gran esperanza del progresismo vernáculo); La puerta de la aurora, otro aire de chacarera, y Mabel, una especie de chaca cocinada en olla brasilera.

El bis, porque una más para que no demos más de felices calambres en el alma tenía que haber, una lengua más de ese fuego inolvidable,  fue con Chajá, en la que poetiza que “es de sonámbulos vivir sin naufragar/ del lado muelle del tifón”.

Sergio Gobi hizo sólo material propio, con una alta poética y una refrescante complejidad que se las ingenia para no pisar los ‘charcos’ de las fórmulas conocidas. Encendió un fuego, no tiró una bomba: sus creaturas te van comiendo, no te vuelan en mil pedazos.


Gobi corazón, aguante Sapulandia.

La apertura de una noche más que no resultó una más en el refugio de ‘Quelo’ y la ‘Colo’ fue protagonizada por los versátiles Flacos, dúo de la música y de la vida compuesto por la rotunda cantante Clara Tiani y el plástico guitarrista Nicolás Holgado, que pese a tocar casi todos los fines de semana en cuanto escenario haya disponible siguen rebuscándoselas para laburar un repertorio cuasi virgen cada vez. Para entibiarle la escena a Gobi, eligieron un manojo de canciones, de Charly (una que está en Pubis angelical y canta una chica; no la conocía ni el ‘arqueólogo’ Mario Cuevas, así que imagináte…), el Príncipe Gustavo Pena (Nada y otra), el chileno Compadre Ernesto (mucho gusto, ¿cómo anda?), Eduardo Mateo (Palomas, en coautoría con Trasante), y como cereza una de Los Espíritus.

Gobi corazón, larga life a Sapulandia.

(El fin de semana, en estas páginas, una entrevista exclusiva con Sergio Gobi.)

Chino Castro

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