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INVISIBLES

Aguijones en los ojos

feb. 26, 2017 20:49

en Opinión

Diario La Mañana de Bolívar - Opinión - Aguijones en los ojos

No se puede tratar de entender la realidad con ojos que no ven, oídos que no sienten, cuerpo que no percibe y cerebro que no cuestiona. A los que les que caigan mal los cuestionamientos que se muden de planeta, o sigan haciendo negocios -que por eso les molesta que se piense- y traten de hacer el menor mal posible.
No sin estupor, y no porque no lo supusiésemos, hemos visto ultimamente información de Naciones Unidas que da cuenta de que menos del 10% de la población del mundo posee más del 90% de la riqueza del mundo. Dicho de otro modo, el 90% de los habitantes del planeta, entre los que estamos usted y yo, nos tenemos que arreglar con el 10% de toda la riqueza que existe. No, no me equivoco. En realidad cito datos y soy generosa, porque redondeo cifras. Algo esta muy mal. Todo lo está, cuanto menos al revés.
El grado de desarrollo de cada país es coincidente con el mayor o menor posibilidad de acceso a la satisfacción de necesidades vitales. Hay un dato que no se dice pero se sabe, hay países pobres por naturaleza y otros por acción inexplicable -o no tanto- de otros países, grupos económicos y gobiernos de esos propios países expoliados.
Coincidentemente en esos países pobres los grados de corrupción son altísimos y sus víctimas son invisibles, porque son los sectores más vulnerables, los pueblos originarios, las mujeres, los trabajadores.
Argentina es el único país que creció en sus orígenes, al compás de Estados Unidos, Canadá y Australia. Pues que hoy a diferencia de ellos nuestra economía es lamentable, con recursos insuficientes y con un pueblo harto de aguantar ajustes, de esperar promesas, de ver que las políticas no se proyectan más que por mezquinos intereses electoralistas y que no se piensan políticas de Estado serias, posibles, sustentables en el tiempo.
Los argentinos estamos asistiendo a un fenómeno que nos hace ver lo que queremos ver según nos resulte más menos simpático el gobernante de turno.
Los que antes veían algunas cosas ahora, de golpe, y al mejor estilo de la famosa novela de Saramago, van perdiendo la vista en una epidemia más rayana a la estupidez que a la enfermedad, aunque si lo analizamos a fondo es posible que nos encontremos con alguna que otra patología y de esas grosas. Lo bueno es que un grupo grande ahora recuperó la visión.
En ese contexto cada quien advierte lo que quiere, o lo que puede, porque nos hemos encargado de cerrarnos compartimientos estancos de los que no vamos a salir porque unos no queremos ser como los otros, ni estar con los otros y viceversa. Entramos en una escalda de intolerancia que nos deja al borde impensado de no poder hablar. Si no podemos hablar qué vamos a construir. ¿No?
Preocupa que en el fondo, muy al fondo, los problemas graves siendo siendo graves, los invisibles siendo invisibles y lo que está mal no deja de estarlo.
No hay soluciones mágicas, no, ni tampoco soluciones. Estamos teniendo paciencia porque ya la tuvimos antes, y no queremos que nos gane la desesperanza. Va de suyo que si los males persisten a través de los tiempos es porque son males para algunos pero no para todos, que tampoco serán bienes pero ni les va ni les viene. Dicho de otro modo: los que están mal, lo estuvieron y lo seguirán estando porque a nadie les importa demasiado.
Como siempre los que pierden son los que ya ni saben que están perdiendo, de puro acostumbrados a las miserias, a las hambres, a las carencias, a las insalubridades y a las inseguridades. Pero no hablan de inseguridad, porque ni siquiera tienen el concepto de lo que es seguro; no conocen más seguridades que la certeza de no tener más certezas que las carencias, incluso de las que a veces no tienen conciencia porque no saben siquiera que tienen derechos, muchos más derechos de los que están por ahí escritos en papeles, pero que se cumplen poco y mal.
Las seguridades de que algunos gozan o gozaban, otros no las conocen. Pero contradictoriamente no hablan de inseguridades, porque es parte de su realidad pero no de sus discursos. La inseguridad es una apropiación discursiva de los sectores medios y altos. Los violentados a diario en sus derechos humanos a la salud, la vida, la libertad, el trabajo, son invisibles o visibilizados con intenciones electoralistas para llegar o mantenerse en el poder. ¿Cambio? Ninguno. ¿Para qué? si tienen votos asegurados por las migas que dejan caer.
La corrupción, de la que tanto se habla, de escribe, se baten parches queriendo presos, tiene víctimas anónimas que no son patrimonio exclusivo de Fernández de Kirchner o Macri, sino de años de accionar cargado de pequeñas corruptelas y grandes corrupciones. Unos más desfachatados, impunes, otros más discreto: estamos en una sociedad corrupta en la que el maestro que no enseña, el doctor que no cura, el empleador que no paga, y podemos sumar miles de ejemplos, son parte de un mismo sistema viciado, asfixiante, que nos lleva a perder de vista cualquier salida. Y sabe qué es lo que molesta, que no se advierten ni los menores indicios de cambiar las cosas porque se modifican los nombres, pero los presupuestos se manejan discrecionalmente, porque se beneficia a amigos, porque cambiamos de corruptos y no de corruptores, que justamente también están a oscuras, o mejor dicho operan desde la oscuridad esperando que nada cambie para seguir disfrutando del 90% de nuestras riquezas y que los demás nos repartamos las miserias.
El maquillaje es muy útil algunas veces cuando queremos ocultar imperfecciones, pero ya estamos cansados de estar maquillados. No importa el maquillador, ni el "make up", no queremos que nos pinten más la cara. Por ende y en defensa de las instituciones, algunos deberán trabajar en serio y otros dejarse de joder. Y todos estar atentos a los que estos dos hacen, porque mientras nosotros discutimos pavadas, ellos se pierden en mares de dineros que cada quien apuesta llevar a sus bolsillos.

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