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UNA APUNTE SOBRE EL ‘CONFLICTO DOCENTE’

Aprender la lección

abr. 03, 2017 11:47

en Opinión

Diario La Mañana de Bolívar - Opinión - Aprender la lección

-Si eras joven en los setenta, estabas “obligado” a hacer la revolución.

Con la espada, la pluma, la palabra, con una cuchara doblada, un poster, una canción, todo eso o combinetas. La ‘estela Che’ traccionaba montañas, la indiferencia garpaba monedas, embanderarse era lo cool. Lo colectivo mandaba, el todo era más, y había gente que daba la vida a cambio de apenas pispiar un cometa que nunca terminaba de cuajar. Gente cero neutral, cero apolítica, cero independiente, cero egoísta, capaz de rendir culto en la acción (en las palabras, cualquier pelmazo es Madre Teresa) a una premisa reñida a muerte con el capitalismo en su fase más caníbal: vivir para los demás.

-En los ochenta, si eras joven estabas “obligado” a soñar con la revolución, aunque cada despertar te esperara el mismo insulso puto té para que salieras a engrasar la maquinaria con las tripas confortadas. A creer que ‘la doña’ (así llama Gelman a la poesía) aún podía estar aguardando al pueblo, como diciéndole “¡Dale, animáte que me llevás, no seas cagón!”. Pero fue ahí, en el lustro final, que se empezó a pudrir: la ‘era plástica’ se encargaba de erosionar todos los filos de la aventura y de ponerle un chaleco al vértigo de probar, la ‘silicona mental’ cuadriculaba mentes, el mandato de ‘ser alguien en el mundo material’ domesticaba espíritus. Maradona era el último rebelde que triunfaba, pero el sueño terminaba mal. La sociedad comenzó a dividirse en ganadores y perdedores (poco después, perdedor se convertiría en un insulto), y fracasar asomaba como lo peor que podía pasarte.

 

-Si eras joven en los noventa, el mundo, el ‘sistema’, el programa de Tinelli, te obligaban a una sola cosa: consumir. Ni rastros de la revolución, se lavaba tinta impotente en la ladina pluma de Fukuyama, fungía de posavasos en los cenáculos del Consenso de Washington. Ya no sólo no se hacía en los cafés, sino que se denostaba: “Guevara fue un boludo, se hizo matar en Bolivia”, surgía retintín en los labios de miles cuyo único sueño era cambiar el auto y viajar afuera a hacerse su miserable agosto comprando artículos suntuarios a precio de ganga. Como si un rato antes de salir a encender la revolución, el tipo tuviera que reunirse con el contador para dejar sus papeles en orden. Y si quedabas hundidx de cabeza en las catacumbas de la vida -en los noventa el poder económico-político echó más gente que nunca, hasta que, con hambre de batir todos los récords, cual una piedrerío entre los jazmines brotaron Alí PanaMac y sus 51 radimauritos-, podías rayarte, resignarte, dedicarte al yoga o al maratón, encerrarte con un libro de Ballard o enrolarte en el heavy metal, pero jamás cuestionar al neoliberalismo con las piernas de activar. La única rebeldía que podías intentar consistía en tratar de incorporarte a ‘lo que había’, no en luchar para cambiar esa estaca en el corazón que se llama realidad. En la jaula que te imponían podías gritar todo lo que quisieras, pero adentro. Para el ‘sistema’ siempre será preferible un gritón domesticado que un inadaptado silencioso. Ya casi nadie miraba por el otro, urgencia y velocidad se erigían en los nodos rectores de la cotidianeidad de las mayorías. En un esquema social infectado de individualismo, los luchadores de los setenta pasaron a ser considerados soñadores, que en los pragmáticos noventa quería decir boludos. En las escuelas de Bolívar te preparaban para dedicarte al campo o la oficina y ‘hacer’ plata, no para pensar y cuestionar. Se abalanzaba sobre la sociedad la ‘tiranía del balance’: todo el mundo, hiciera lo que hiciese, debía realizar, y muchas veces presentar, un balance. Cuando ganó ese round, el resultadismo ganó la pelea.

 

-Hasta que en el nuevo siglo reapareció la poesía, inesperada como un ventarrón del sur que te despeina la aburrida credulidad a la que te supiste someter. ¿Quién dijo que todo está perdido, cuando tantos vienen a ofrecer su corazón? Ese viento justiciero trajo/activó racimos de orgullosas microrrevoluciones que varios siguen sin ver -o empeñados en negar, con la tenacidad de un mediocampista alemán-, incluso muchos que salieron de la anemia comiendo de esas fuentes y se creyeron que podían ser ricos.

 

-Y ahora, impertérritos en sus vetustas armaduras y con las espadas sucias de abrevar en injusticias volvieron los “CEOsaurios” (permitime la licencia), que, como avisó García, van a desaparecer, pero si es que los empujamos (a esto no lo avisó), no porque en el planeta de los Thundercats la vida sea más apasionante y estén a punto de marcharse a enamorar a la gallarda Cheetara con su poética de hormigón. Hoy, la gran rebeldía pasaría por no consumir más que lo indispensable. Con alguien que no acumula bienes, no consume más que lo básico, hace de la frugalidad una religión y produce para vivir y cuidando el medioambiente, el ‘sistema’ no sabe qué hacer. Lo dijo Alan Pauls: “Uno mientras lee putea al mundo, porque no lo necesita”. Si de golpe a los pueblos dejaran de interesarles el último celular, las botas de cuero de gliptodonte virgen y el viaje a Disney, en algún lugar, alguien, alguna especie de Gran Hermano a la Orwell, comenzaría a preguntarse cómo seguir.

 

Todo este gregré para decir que ser joven hoy, aquí y ahora, ya, es estar con los maestros de la escuela pública. Tengas 19 o 91. Con ninguno en particular -no me corras con viejas vinagre ni con ventajerxs que viven de licencia-, sino con todos, contenidos en la lucha que dibujan a medida que practican, que es más grande que cada uno de ellos y que no nació este marzo, porque no se puede meter pies en el denominado ‘conflicto docente’ como si no hubieran existido los noventa y la Carpa Blanca de la Dignidad. La nueva Alianza Anti País (al revés que en Ecuador) ha logrado, otra vez, el prodigio de unirlos bajo el mismo trapo. Gorilas y progresistas, tibios y combativos, zurdos y conformistas, soñadores y calculadores, cómodos y generosos marchan del brazo, e igual que ayer la locomotora docente es la que nos abre la ruta a los que toda la vida nos negaremos a naturalizar tantas mierdas que pegotean la fe en un cielo en la tierra.

Lo otro es ser un reloj oxidado, atrasar.

Chino Castro

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