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“Chupito” Briganti

ene. 11, 2017 10:18

en Opinión

Por Ernestina.

Atardecía. El chirriar de las herraduras de los caballos, que traccionaban la chata carguera, anunciaba que el hombretón descendido de ella llegaba al bar. Un antro en el que por las noches se producían sólo los desbordes de miserias humanas.

Chupito Briganti, sólo por fuera, se parecía a Zampanó, aquel inolvidable personaje de La Strada de gestos huraños y pisar fuerte.

Horas de naipes y alcohol. Acodado en el mostrador, en dos sorbos bebía su vaso de vino. Al despedirse, invariablemente decía: “sólo unos chupitos nomás”. Ello originó su subrenombre: Chupito.

De convicciones firmes, sobrio, llegaba a su caza estilo chorizo donde albergaba con comodidad a sus numerosos hijos y a su bella mujer, Amalia. Era el Paraíso de Chupito Briganti.

En un hecho casual ambos se encontraron sintiéndose atraídos y juntos vivieron hasta el final de sus existencias.

Pertenecía Amalia a una familia distinguida, acaudalada y culta. Por su desprejuiciada conducta, fue expulsada de su casa.

El, con su chata carguera, ganaba holgadamente para el sostén de la familia. Conservando cada uno su esencia, se admiraban y respetaban.

Coincidían en la aceptación de ejemplares normas de vida con las que rigieron la educación de sus hijos. En la manifestación de las inclinaciones de cada uno de ellos subyacía la disparidad de Chupito y Amalia.
El mayor, a quien llamaban Machito -tenía su explicación- devoraba historietas. Algún personaje lo incitaba a parecérsele. Montado en su caballo, con llamativa vestimenta y calzando navaja de filo cierto, disfrutaba simular al pasar, embriagado de fantasías, chuzar a los niños.

Orietta Briganti había heredado de su madre la belleza y la aptitud para la danza clásica. Los Chupito, como se los llamaba en el lugar, conformaban una familia libre y feliz.

Una tórrida noche de verano, sin más luz que la que emanaba de las luciérnagas, la casona parecía dormida.

La familia Briganti, en la espaciosa cocina, escuchaba la voz que emitía una gran radio capilla.
El batir de palmas, que llegó desde la calle, los sorprendió. Machito Briganti, excedido en sus límites, probó su bravura. El filo de su navaja enfiló hacia su corazón. Enancado en su caballo, se desangraba.
Mientras, en la cocina del caserón, con voz silábica, un locutor desde algún lugar de riguroso invierno anuncia que, en uno de los más grandes escenarios del mundo, Orietta Briganti es aclamada como primera bailarina en el espectacular final del cuarto acto de “El lago de los cisnes”.

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