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Crónica de lo que sucedió en una asamblea, de dos cortes de luz, un salamín y un torito tinto

abr. 02, 2017 12:46

en Opinión

Diario La Mañana de Bolívar - Opinión - Crónica de lo que sucedió en una asamblea,  de dos cortes de luz, un salamín y un torito tinto

Escribe: Justinano Fuente.

Usted sabe que en los últimos meses, cada vez que vengo a Bolívar aunque sea de pasada, me alojo en una casita que me han prestado ubicada detrás de las vías. La Gladys, una vecina, me permite tirar un cable desde su casa y así le doy luz, porque entre otras carencias la casucha carece de medidor y no voy a andar conectando nada con lo caro que están los servicios. Lo que le quiero contar es que el lunes estuve en Bolívar. Mejor dicho, llegué el domingo porque pasé por General Alvear a visitar a un bisnieto que tengo allá. Hijo del Alberto ¿se acuerda? Bueno, el Alberto cayó preso hace muchos años y luego armó familia en Alvear una vez que lo largaron. Yo no le conocía el nene y aproveché que el hermano del carnicero tenía un flete para ese lado y me llevó. Lindo el pibe, medio rubión como el Alberto, grandote de espaldas y petisón como él. Cumplió 34 en febrero.

Pero a la nochecita del domingo ya me vine para acá. A dedo, por supuesto. Bolívar me tira, usted lo sabe bien. El problema es que, cuando llegué, estaba sin luz. A la Gladys le habían cortado el suministro por falta de pago y caí yo también en la volteada sin tener nada que ver. Reconozco que al principio me calenté un poco y hasta anduve metiéndole la púa a los vecinos para organizar una sentada, un piquete o algo por el estilo, pero no prosperó.

Lo cierto es que a la mañana, a eso de las 10 más o menos, volvió la luz. Salí a la calle  y justo la Gladys venía cruzando el paso a nivel de la garita. Contento, le pegué el grito antes que llegara:

- Gladys, volvió la luz!

- La luz no volvió porque no se había ido a ningún lado viejo pavo!, me contestó, y se metió rápido en su casa como tratando de evitar más preguntas.

Como se me pasó el medio día, no almorcé y como andaba con pocas monedas en el bolsillo tampoco merendé, así que a la tardecita me senté en la puerta a tomar unos mates, como esperando un milagro. De pronto ví que sobre la 25 de Mayo, en la zona de la Cooperativa Eléctrica, se estaba juntando gente y, por curioso nomás, me fui hasta allá. Justo estaba estacionando Beto Rivas, así que lo encaré como para cuidarle el auto y Beto, que es más bueno que el pan, empezó a facilitarme el almuerzo del martes. Entraron dos señoras con olor a perfume importado. Una de ellas me vio y me pidió que le cuidara la Chevrolet Zafira. Anduvo buscando en la billetera y me tiró uno de 50. Se debe haber equivocado, porque para propina es alta. O no debe ver bien, vaya a saber. Aunque esto último es medio raro porque, pregunté, y me dijeron que es la mujer de un oculista. Iba con una morocha flaca como una bicicleta a la que tengo vista, me parece, y a la que por respeto no le dije nada, pero ella también andaba en auto y pasó por mi lado sin registrarme.

Se empezó a juntar más gente. Yo me entusiasmé porque pensé que iban a armar alguna choriceada y a lo mejor ligaba algo. Como a las siete o siete y media llegó mucha gente junta. Casi todos municipales, o al menos los he visto armando cantinas en el parque y eso me puso más contento todavía porque reforzaba mi esperanza acerca de los chorizos. Ví muchas caras conocidas, se lo aseguro. El contador D´Aloia (a ese lo tengo bien visto) estaba junto a otro tan grandote como él. “Lindos físicos para jugar de pilares en Los Indios”, dije al pasar y me miraron feo. Parece que la cosa no estaba como para bromas tontas, aunque a esa altura todavía no sabía lo que estaba pasando.

En eso la veo llegar a la Gladys. Contenta la Gladys. Venía con su boleta de luz recién pagada, a paso firme, la cabeza levantada, el busto erguido apuntando hacia arriba, los raiban imitación calzados a modo de vincha, calzas negras y remera larga tapándole el irse, una lástima.

Alguien pegó el grito: “Ya empieza”. Y, como las hormigas que se van al azúcar, desaparecieron de la calle y se metieron en el edificio de la usina. Para mí siempre va a ser el edificio de la usina, por más que allí adentro las únicas máquinas que queden son las de calcular y, según dijeron algunos, no andan del todo bien.

Conté la plata que tenía en el bolsillo y ya me alcanzaba para comer y hasta para tomarme un torito tinto así que resolví no trabajar más. Abandoné el cuidado de los autos, total acá todavía  no pasa nada grave y tantos robos no hay y encaré por la puerta de vidrio. Un flaco alto, ruliento y con cara de aburrido me paró en seco.

-Dígame, ¿usted es usuario?, me preguntó.

-Depende de qué, le dije.

-De la cooperativa, ¿de qué otra cosa va a ser?

-Sí señor. Siempre fui usuario de la cooperativa agropecuaria en mis años jóvenes. La última herramienta que compré, una tenaza que todavía conservo, la compré en la ferretería de la cooperativa en el año 68 y está sanita.

-Si quiere entrar me tiene que presentar la última factura pagada.

-No le digo que fue en el 68. ¿Cómo quiere que conserve la factura?

-La factura de la luz tiene que tener pagada! Esta es la asamblea anual de la Cooperativa Eléctrica y para participar hay que demostrar que usted es usuario y está al día! Y haga silencio, que esto ya empieza. Quédese por acá si quiere, pero no hable.

Me quedé calladito en un rincón y me limité a escuchar. Se puso lindo. Había un clima tenso, de bastante nerviosismo. La gente se había acomodado como pudo, porque habían previsto unas 30 sillas y entraron como cien más. Me acordé del circo Papelito, al que había que llevarse la silla, pero nada que ver, esto estaba mucho más gracioso. De un lado estaban los que preguntaban y del otro los que contestaban. Y en la cabecera cuatro o cinco personas que, según pude entender, eran algo así como los que mandaban. Un coloradito de pantalón corto, dos rubias jóvenes bastante lindonas, otra morocha que miraba con cara de mala, un señor de barba medio enojado al que he visto alguna vez en el vóley y un canoso que menos mal que no me reconoció, porque todavía le debo unos pesos a su abuelo, el viejo Don Jacinto que Dios lo tenga en la Gloria, quien me prestó plata hace muchos años para mi operación de próstata y nunca le devolví. “No vaya a ser que le dé por el reclamo y quede como un mal pagador”, pensé.

No sé por qué cada tanto votaban. En realidad creo que por cualquier cosa votaban. Lo curioso es que nunca cerraban bien las cuentas. Había gente (yo la ví) que levantaba las dos manos. Tendría que haber anotado, pero no tenía lapicera y no quería hablar para que no me echaran. Pero una votación salió algo así como 62 a 27. La otra 85 contra 44. Otra 33 contra 11. ¡Qué se yo! No le haga caso a los números, porque ya le dije que no anoté. Pero parecía por momentos que se sumaba más gente y otras que la gente se iba, o que contaban los dos brazos levantados que ya le dije o que usaban alguna fórmula rara. ¿Qué están votando ahora?, le pregunté a una rubia alta que estaba sentada al lado de la mujer del oculista con la mano levantada. “No sé” me contestó cortante. Giré para la derecha, caminé dos pasos y le pregunté lo mismo a un joven que, en ese mismo momento, estaba con las dos manos en los bolsillos, como enculado. “No sé ni me importa”, fue su respuesta.

“Queda aprobado el Balance”, me pareció escuchar. Mejor, me dije para mis adentros. Si lo aprobaron será porque está bien hecho. Han trabajado bien, no como el pelotudo que dejó la manguera puesta y derramó 10.000 litros de gas oil el otro día, según leí en su diario. Discúlpeme la síntesis.

Todo terminó en paz, aunque el clima tenso se mantuvo hasta el final. Nadie preguntó nada sobre si van a poner más luces o si van a cambiar las amarillas por las nuevas de led que no alumbran un pito pero gastan menos. No hubo nada de eso. Menos mal, porque para mí que ahí sí que se armaba lío. Discutieron por el tema de las listas y la fecha de elecciones, jugaron un poco a la política según me parece y todo pasó, como diría Don Julio a quien Dios también tenga en la Gloria y lo deje ahí.

Compré un salamín, pan y el torito tinto y me fui. Cuando llegué a la casa, nuevamente estaba sin luz. Me asomé por el alambrado del patio y allí estaba la Gladys. Ella sí estaba iluminada pero a mí me había desenchufado. “Gente como usted es la que ensancha la grieta”, me gritó. “Ahí tiene, para que aprenda y no se ande metiendo en lo que no le importa viejo zanguango”. Dígame la verdad: ¿hice algo malo?

La Mañana

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