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Nota 1280 - (3ª Época)

De esto y aquello

ago. 13, 2017 17:34

en Opinión

Por el Dr. Felipe Martínez Pérez

A veces, pienso, cual fue, allá en la lejanía el primer libro que se posó en mis manos, o que mis manos fueron a busca. No logro dar con él. Ni con historia de peso capaz de recordar. Nada. Por supuesto que he leído y con fruición libros de cuentos o de Historia Sagrada, tampoco recuerdo si eran propios o del colegio. Pero esas cuestiones de alto vuelo y en aquella España han quedado adentro para siempre como el cuchillo de Abraham y la sumisión de Isaac. O la quijada que empuña Caín, tridimensional según agudo pintor. Los nudillos de la mano contraídos por la fuerza que pone en el empeño, y ¡zas! al diablo el Abel. Según mis investigaciones, tenía razón Caín, pero no se podía decir porque la figura vista o el concepto analizado se desarrolla en pos del pensamiento de quien lleva la mirada o de lo que padre ha dicho en la mesa o el maestro en el aula. Y se salía de las coordenadas estipuladas.

     En una oportunidad un ruralista local tuvo hacia mi unas palabras, algo airadillas pero elegantes, porque el hombre era ganadero. Claro que tardé varios años en tomar conciencia que los ganados se llevan por delante los pastos y a su costado hay sembrados. Y por aquellos tiempos no había norteamericanos produciendo alambrados. O sea, que Caín el labrador, tenía razón y Dios era ganadero: que parece mentira, como empiezan los problemas. Gustaba del cordero, como yo. Quiero decir que de esta gente he leído mucho ya por aquellos tempranos tiempos. Y Ruth deambula por uno de los pasajes más bellos del Libro. O del famoso plato de lentejas que traigo a colación por las particularidades humanas de la actualidad.

     El que está emulando al Abel es el Eduardo y aseguran tiene el mejor ganado y el que más pesa cuando andamos entre básculas. En la Biblia no hay básculas, si lavatorios en los oasis. Catecismos habría unos cuantos; que en aquella España no tener semejante herramienta teológica era como andar de alma desnuda. Por lo tanto tenía los dos famosos el “Catecismo y exposición breve de la Doctrina Christiana, compuesta por don Gerónymo de Ripalda” y que era una edición muy vieja con grabaditos, que adonde iría a parar. Y el enrevesado del Padre Astete  S.J. que es de suponer no lo entendía el jesuita y eso que se dedicaba a sus quehaceres, no como el actual que desenvaina a diario la cizaña. Sin embargo, vaya uno a entender el Trino uno.

     Ahora bien, el primero que recuerdo dejando huella, pesando en mis manos, es un Quijote;  y no precisamente porque lo haya entendido que no fue mucho pero me pareció que la cosa tenía miga. E intuyendo algo en el capítulo de los molinos y me habré reído, aunque no creo mucho, pues aunque pequeño, ocho o nueve años, demasiados molinos acababan de morir para siempre. O sea,  solo acertaría a sonreír con estos gigantes, joven ya y por estos parajes. Y mi primer regreso -1978- fue para hacer metro a metro la Ruta de Don Quijote por la Mancha. Recuerdo con mucha ternura, el  día que  Ramón me  regaló un ejemplar del libro ejemplar. Lo tremendo es que no recuerdo su cara, ni quién era, ni por qué semejante regalo. Por qué a mí  y no a otro. O dicho de otra manera como sabía de mis cualidades escolares. ¿Sabía que yo era el número uno? Estaba destartalado, pero entero, todas sus tapas y cuadernillos. Y como sabía encuadernar, lo hice con mucho primor y ese libro todos lo habíamos metido en los petates, pero a todos se nos escapó; no llegó a Miramar. ¿El  mago Merlín?

     Si recuerdo y conmigo vino a América, una enciclopedia y un diccionario pequeñito que es de suponer era de mi tío o de mi padre o de algún antecesor pues no cabe duda había sido requerido por  alguien que había hecho la primaria en el pueblo. Quedó para mí, por ser el primero en “bajar” a estudiar a Logroño. En aquellos tiempos una enciclopedia  era oro en polvo. Porque en ellas estaba el saber del mundo. Pues bien, el mundo lo tenía acaparado la tía Quica; ya he contado que se quedó para vestir santos pues el ingeniero sevillano  de bosques y caminos que paso por el pueblo con cortejo y esas cosas, solo dejó un anillo de su paso; que también fue para mí. Pero la enciclopedia estaba entre las sábanas de los arcones de la tía. Olía a membrillo.

     Desconozco si la consultaba. Eso sí tenía una hermosa colección de frascos y frasquitos en una alacena sobre  un plano inclinado. Intocables, quedabas sin rodillas. Pero la tía no vio la cabra  que me topó y me tiró tres metros; ¡el niño! ¡el niño!  El niño era yo, que casi termina en el Hospital de Logroño por  la juguetona cabra. La roja. Por supuesto, nadie me dijo que no era roja y lo que son las cosas al cabo de tres o cuatro años la maestra de sexto en la Nº1 de Miramar y con meses de arribo me pregunta, por qué había pintado de verde el pelo de Moreno y contesto que era marrón. Que si verde, que si marrón. ¡Un daltónico! ¡Un daltónico!

     O sea, tuve que venir a América para que se enteraran en casa que era daltónico y todo por no fijarse detenidamente en la cabra. Y eso que a don Hipólito, el cura,  le dijeron que yo decía que era roja. Estos niños… Que mal ha hecho esta guerra. El cura que me había enseñado a caminar con los míos, claro, estaba curado de espanto y supuso o  creyó que mi cabra era comunista o que lo era yo; y no entró en consideraciones. O sea, la cabra y Moreno. Buena gente que tira al monte. Poco faltaba para encontrarme con Sarmiento. ¿Por qué desde el primer día me hice amigo de lo mejor? Bien, pero acabo de encontrar la famosa enciclopedia. Estaba al lado de una Revista SUR, la 281.

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