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Nota 1350 - (3ª Época)

De esto y aquello

dic. 23, 2018 12:40

en Opinión

Por el Dr. Felipe Martínez Pérez

    Mi tío Saturio era militar. Le dio por ahí, en una familia sin antecedentes guerreros. Aunque mirado desde otro punto de vista hubo en varias generaciones alguaciles, que ya sé que no es lo mismo, pero es necesario un uniforme y una corneta. Sobre todo la corneta que viste mucho. Mi  tío Saturio quizás se cansó de ver a su padre darle a la corneta y anunciar a dos gitanos que han llegado al pueblo con un oso, o que recién pescadas en el Cantábrico el Eusebio está vendiendo unas ricas sardinas a buen precio, o que la niña de Mesio ha perdido un zapatito –el derecho- de charol y son muy caros. O que la Paca ha tenido una niña y que junto a la madre gozan de buena salud. Y en una de esas, estaba cansado de que al padre -mi abuelo- le saliera al paso un niño, de los de gafitas, preguntando  por el nombre de la niña. ¡O cosas así! Cabreado y sin trinos de corneta. O sea que al Satu -mi tío- así lo llamaban los otros mozos, le dio por el ejército.

     Eso sí, a original no le ganaba nadie y se metió en el Ejército del Aire. Porque quedaba muy bonito el nombre y podía hablar de tú a tú con las golondrinas y las águilas, dos alados de los que sabía mucho por ser vecinos del pueblo las segundas y veraniegas las primeras. Otra curiosidad que la elección trajo aparejada, tanto para ajenos como anejos, fue que siendo mi familia de grandes cazadores, cuando se podía de caza mayor y cuando no se podía, furtivos, que es una vertiente muy española, fuera exactamente él, mi tío, el Satu, que nunca había cargado una escopeta que le asomara el gusanillo de lo militar. Ya sé que nada tiene que ver la caza con lo militar, pero aunque más no sea, por la similitud de las culatas. Pues nada, que justo él se metía en una dependencia del estado en que se estudiaba para matar, si es preciso, claro. Cuantas páginas llevaría contar las guerras en las que ha participado España y mi tío ni imaginaba que algún día llegaría una de las peores. Seguramente y como pintaba la cosa habría de enfrentarse al Antonio, el hijo de la Catalina a donde concurría a tomar chocolate, o al Eusebio, su amigo cazador de corzos, o a la Carmen de muy buen ver que se le iba el puño para arriba.

     Pero con mi tío siempre saltaba alguna cosa peregrina que tiraba al traste las ilusiones. Para empezar no era muy adicto al estudio. Y para subirse a los aviones hay que estudiar, así que mi tío Saturio se quedó en tierra. Pero entre los aviones. En el Ejército del Aire no hay tu tía, ni acomodo alguno, hasta después, claro, cuando ya has estudiado. Y del sueño de oficial quedó un práctico suboficial. O sea, mecánico de aviones. Que tampoco está mal. Al contrario. Por si fuera poco a medida que le iba tomando el gustillo le gustaba más el oficio, y llegó a donde pueden llegar quienes no estudian, sobre todo en este asunto tan hermoso en que la calidad se mide arriba, entre las nubes. Así que se estiró hasta sargento o algo más, que no entiendo de estrellas ni charreteras. Pero a mucha honra y querido por los superiores. Toda Salamanca a sus pies. Porque eso sí, ya que podía  elegir, pues la base de Salamanca; o con la música a otra parte. Por la cornetita, claro.

     A la muerte de Franco vuelvo a España,  a Salamanca por vez primera. Año 1978. Recuerdo los saltos de alegría que daba mi tío luego de veinticinco años. Después de aquella despedida que ha quedado grabada en mi memoria ante una fuente de fresas que sirvió mi madre en Logroño. Las mismas fresas que han perseguido a Bergman en sus películas. Las que aparecían en los rincones del bosque de nuestro pueblo. Bueno, lo cierto es que él, que no gustaba del estudio le daba por publicitar la universidad salmantina y lo primero que me pregunta es si la había visitado. Primero habían sido los abrazos. De manera que al rato andábamos por los claustros y lo curioso es que entraba por vez primera después de una vida en la ciudad. Y luego la jodida ranita en la fachada que encontré después de media hora. Está a la derecha me decía. Era lo lógico. En Salamanca todo está a la derecha. Al menos hace cuarenta años.

     Para la tarde me tenía reservada una puesta en escena magistral, plena de cariño. Se metió en su habitación y salió vestido, para su sobrino, de militar. Con sus galones y condecoraciones. Otra vez las lágrimas. Tenía unas cuantas colgadas que hacían un ruidito especial para la circunstancia. La pompa la ponía él, derecho como si se hubiera tragado un asador. Mi tío hizo la guerra para Franco. Qué otra cosa se podía hacer en Salamanca y en ocasión tan solemne sobraban los devaneos. Mi tío me decía que entró primero en Madrid y no era ocasión de llevar la contraria, puesto que al mando de un convoy de abastecimientos no se entra primero. Pero con sinceridad aseguraba que hubo pocos disparos, pues los anarquistas se habían encargado de allanar el camino y la entrega.

     Mi tío ni bien encontró el momento se echó al hombro una bolsa con latas de sardinas, tabletas de chocolate, una hogaza de pan y leche condensada, y se los llevó a parientes y amigos del pueblo, de los unos y de los otros. Sin tiros mató el hambre de sus paisanos. Y mientras andábamos por la dorada Salamanca lo saludaba el general tal, el coronel no se cual, y alguno de ellos hasta cruzaba de acera para darle la mano. Mira, mira, el general con el que entré en Madrid. Como está Usted, mi general. Este es mi sobrino, de mi sangre. Y yo daba la mano al general que entró en Madrid. ¡Que hay que joderse!

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