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¿GANAR Y DESPUÉS CONSTRUIR, O CONSTRUIR Y DESPUÉS GANAR? - ANÁLISIS

El kirchnerismo, en el umbral de un gran dilema

sep. 20, 2018 13:21

en Opinión

Diario La Mañana de Bolívar - Opinión - El kirchnerismo, en el umbral de un gran dilema

El kirchnerismo deshoja una margarita de dos nervudos pétalos, en un umbral al que arrastra al peronismo todo: si se calza el ajado overol posibilista, o abreva en sus mejores cuencos y se enfunda en el frac del utopismo.

Si para ganar en 2019 se amontona incluso con los que lo serrucharon desde adentro y lo hicieron morder el polvo en 2015 (amén de que los candidatos que ungió el ‘dedo sagrado’ de Cristina eran malos, porque si la ‘dékada ganada’ terminó en el lábil Scioli, bueno, algo salió muy mal), o destila un proyecto y sus representantes para regresar bien plantado más tarde. Ganar pegándole de punta y después construir, o estructurar el demorado frente de centro izquierda argentino para luego vencer, es el gran dilema en el que quema pestañas la rama más innovadora -y con más votos- del variopinto colectivo peronista, en horas de una descomposición social que nos despeña hacia el averno 2001.

En un rincón los que sostienen que hay que ganar ya, porque los compañeros están muriéndose de hambre. Que cuando la olla llora vacía no hay utopía que equivalga a sopa, que no se puede vivir del amor y que cuatro años más de Cambiemos constituirían un holocausto nacional. En la otra esquina (del mismo barrio) los que aseveran que con ciertos dirigentes no hay que juntarse nunca más, ya que aún venciendo se trataría de una victoria pírrica, que duraría mientras el bólido amarillo titireteado por el gran capital ingresa a boxes por las gomas ultrablandas para tomar envión hacia 2023, y que los compañeros continuarán yéndose por el pozo negro de la desgracia. Que más vale caer ahora con la dignidad y las convicciones a salvo de las máculas de los indeseables, para regresar dentro de un tiempo y combatir la hambruna con las políticas públicas que le dieron a la impensada fracción fundada por Néstor y Cristina su carácter distintivo. Un interrogante que subyace en este nudo temático es cómo seguir, en el caso de bajarse el pantalón de la entereza e igualmente perder. Néstor no se tapó la nariz para ir bajo el dudoso (ejem) ala de Duhalde, recuerdan los posibilistas. Los utopistas replican que ese matri-moño ocurrió cuando el kirchnerismo no figuraba ni en la audaz probeta de ‘Lupo’, y que hoy, con las medallas de doce años revolucionarios desde la perspectiva de las nimias expectativas que nuestra apaleada sociedad depositaba en él, ya no debería aferrarse a ciertos brazos, duchos en imponer condiciones siempre hijas de una derecha que vive de deglutir todo lo que cometa la osadía de ser novedoso. 

 

Quizá el kirchnerismo delibere algo más finito, en una hora urgente que hace palidecer hasta el acerado bisturí con que Menem impuso cirugía mayor sin anestesia: si se ‘baja el precio’ y para ganar en 2019 se junta con cualquiera, resignando ese carácter especial que lo tornó la anomalía argentina, en el decir de Ricardo Forster. Lo angustiante del momento no debería obturar esa discusión. Serás lo que debas ser, o no serás nada, profetizó el padre de nuestra vapuleada patria de Dieguitos y Mafaldas. ¿Para continuar vigente el kirchnerismo debe habituarse a tragarse ‘sapos’, hasta declinar en una fuerza del montón, o justamente hoy, que el match no da para chiches, decidirse a consolidar su perfil de gran ‘sapo’ del establishment político argentino, uno con quijada de tiburón, que muerde desde adentro? Para quienes se descolgaron en trinchera K desde alguna de las cuarenta millones de vertientes en que la izquierda vernácula se despedaza para ser cada vez más pedacito (aunque atenti que en la última elección sus franjas centrales crecieron), es más simple decir ‘construir y después (intentar) ganar’. Curtidos en el rústico arte de trenzar poder, los que llegaron desde el peronismo tienen más claro que se triunfa con votos, al tiempo que sienten un no tan secreto desdén por el idealismo, al que le cortan las alas calificándolo de cómodo e impotente, habituados como están a pertenecer a un movimiento en el que supieron convivir, aunque casi nunca en paz, antagonistas como López Rega y el ‘Tío’ Cámpora, el ‘Lobo’ Vandor y Ongaro, y hasta el Perón de ’45 con sus simpáticos caniches y el Perón del ‘73/’74 con sus oscuros dogos. Paradójicamente, podría pensarse que al kirchnerismo no van a ‘salvarlo’ quienes ingresaron a él por la ancha puerta principal peronista, acaso una mayoría de lxs cuales ya le chantó la lápida del ‘jamás volverás’, sino quienes irrumpieron por la ventanita zurda.

 

Este, y no quién es más corrupto o si Cristina podría ser candidata de un peronismo unificado o irá en cana,  es el más rico intríngulis de la política argentina actual, por debajo de la implacable marcha de una trituradora macrista que casi tres años después no pierde filo ni fruición por masticar pueblo.

Este jugosísimo asunto y algunos de sus urentes subtópicos fueron encarados hace unas noches en ese cenáculo del pensamiento en que ha derivado la opíparamente servida mesa dominguera del francés Albert ‘Lupín’ Pereirá, en la ocasión escoltado por ‘Laucha’, uno de sus más conspicuos adláteres. Resumiendo: uno de los parroquianos, una suerte de sosías de Emilio Del Guercio, sostenía una copa, y también que obtener los comicios 2019 es imperioso, porque hay muertes por hambre, y ni un mendrugo. Que el imperativo es mezclarse, apurar un utilitario y vencer, sin tiempo para cappismos, o en un puñado de meses será demasiado tarde para (más) lágrimas. Otro, que bancaba un vaso ‘culo ancho’ con un elixir amarillo y unos kilos de reserva (¿¿le habrán quedado de la ‘dékada ganada’??), le retrucaba a aquél, que luce una delgadez cuasi fakírica a sus casi 60 y no es el ‘Chango’ Odera, que hay que edificar desde el centro hacia la izquierda, para más tarde volver con un equipo sólido que juegue de memoria, y que basta ya de esa baronesca estructura del pejota, que siempre termina sobre las faldas de la derecha.

Camuflado cobardemente en la ‘panacea pastelera’ con que el dueño de casa agasaja a los contertulios que se arriman a darle una mano en el loable y siempre impostergable menester de pensar la política, el fútbol y la vida, no emití opinión, pero escuché con atención. Ahora, escribo.       Chino Castro

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