San Carlos de Bolívar

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La carneada del chancho

may. 02, 2017 10:54

en Opinión

Por Ernestina

Salí a caminar, con limitaciones.

Simulé detenerme para observar el interior -a través de una fachada en ochava- de un viejo edificio.

En realidad necesitaba un descanso. Al levantar la vista, largas ristras de embutidos, que por su coloración denotaban reciente elaboración, me devolvieron a la infancia.
En ella un suceso muy relevante reavivó mi memoria.

Llegados los fríos intensos, en la chacra de mis abuelos maternos, se renovaba el ritual de la carneada del cerdo, tarea que comenzaba en horas tempranas.

Arropados, con prevenciones acerca del comportamiento que debíamos tener, a los chicos nos era permitido asistir a la matanza y faena del animal, costumbre traída de países europeos. Para ayudar en tales menesteres se sumaban vecinos carneadores con cuchillas ávidas de sangre.

Un fuerte armazón de tres pies sostenía un enorme recipiente de hierro donde bullía el agua necesaria para los peladores. El avivado fuego permanecía siempre encendido.

En un pequeño corral la víctima, convenientemente alimentada a maíz, no cesaba de emitir berridos. Llegada la hora de la ejecución, la que se realizaba sobre un tablado, el animal desplegaba fuerzas para zafar de ella.

Una mano diestra, con precisión, adentraba su cuchillo en él. En tres minutos exhalaba su último y lastimoso quejido.

Entonces la abuela Rosina acudía presurosa con gran olla y paletón en mano a revolver la sangre que fluía a borbotones, evitando la coagulación. Con ella preparaba exquisita morcilla dulce, con arroz y nueces como principales ingredientes.

Entre gritos, risotadas y discusiones la tarea se realizaba como la representación de un sainete.
Circulaba el mate y botellas conteniendo bebidas de fuerte graduación alcohólica. Decían que para combatir el frío. Mi hermano y primos, en complicidad con un tío, esperaban ansiosos la vejiga del cerdo. Inflada convenientemente, con la rústica pelota se enfrentaban en el juego. Ignoraban ciertamente que el primer balón de fútbol europeo surgió la vejiga de un cerdo, cuya redondez fue revestida por tiras de cuero.

En uno de esos encuentros, en desafortunado cálculo, llegó la pelota a la olla hiviente, donde la abuela pacientemente derretía grasa hasta llegar a los crocantes chicharrones.

En cuclillas hacía su trabajo don Cono, mi abuelo, y un vejete algo “picado” que simulaba ayudar. Sorprendido por el pelotazo, en brusco empellón, introdujo al abuelo en la vasija terminando la jornada en tragicomedia.

El abuelo sobrevivió. Inundado su cuerpo de cicatrices, acentuadas en la cara, variaba el color según su estado de ánimo. Inquietaba mirarlo. Se afirmaba que, como secuela del accidente, perdió la visión del ojo derecho mutando su color a un verde vidrioso.

Los nietos temerosos, sintiéndose culpables, evitaban encontrarlo. Don Cono, al advertir sus presencias, con mirada estrábica ardía en cólera. El imparable bizquear del ojo derecho los ahuyentaba…

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