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TODOS LOS CINES EL CINE

La mano de Dios

dic. 03, 2017 22:27

en Opinión

Diario La Mañana de Bolívar - Opinión - La mano de Dios

Yo tenía la ventaja de tener una sola mano. Y así surge el estilo, la oportunidad, lo que no se puede copiar.
René Lavand en El Gran Simulador

Néstor Frenkel sabe cómo contar un personaje. Sabe cómo hacernos dar ganas de ser su amigo, de acompañarlo en cada aventura de retrato cinematográfico que emprende. Para muestra basta mirar su filmografía toda, pero especialmente Amateur. La cámara enamorada del personaje lo cuenta, lo muestra y nos muestra mucho más allá de lo que las imágenes pueden captar y las palabras decir. Se divierte contando historias. Se divierte y nos divierte. Nos guía a través de gestos particulares y nos acerca de tal modo que no nos queda otra que quedarnos mirando, extasiados, enamorados y entusiasmados cada una de sus películas. Las películas de Néstor Frenkel son de esas después de las cuales uno sale del cine viendo como su cámara ve, escuchando como escucha, divirtiéndose con todo lo que se cruza.
René Lavand sabe cómo contarse a sí mismo. Sabe cómo inventarse una mística, una poética propia en torno a su figura. Sabe cómo convertirse en un personaje de fábula, de leyenda, encantado y encantador. Sabe perfectamente cómo usar la cadencia de sus palabras, cómo medir el ritmo, cómo hipnotizarnos para que veamos lo que él ve, para que le creamos el mundo que construye a su alrededor y a su mano, única, izquierda, artrósica y capaz de fascinar al más escéptico. René Lavand ejerce la fascinación con una soltura que sólo los grandes tienen, con una seguridad y un sentido del humor que nos hace cómplices de sus encantos. Él mismo define que la última estación, el objetivo a perseguir, no es el engaño ni la mentira; dice que hay que llegar al cinismo, a la mentira haciéndose cargo de ella misma, la gran mentira, saber engañar a quien se sabe engañado. Y es eso lo que René sabe hacer con maestría; uno sabe que lo que está viendo es una ilusión, un truco, una mentira, pero le cree, y él lo sabe y lo disfruta.
Frenkel sabe cómo contar a Lavand. Sabe cómo aprovecharlo. Cómo llevarnos a su casa de Tandil, mostrarnos su día a día, su humor, su cotidianidad, hacernos partícipes de su vida y sus palabras, como si fuéramos todos nosotros, la audiencia, una suerte de aprendices de hechicero. Lavand tiene estirpe de maestro, sus palabras enseñan mucho más allá de su oficio, sus palabras son totales, ejercen esa fascinación perfecta sobre nosotros como la que ejerce un buen truco de magia. O el cine, que al fin y al cabo es un truco también.
Y Lavand sabe cómo conducir a Frenkel a contar su historia. Como a él le gusta,con cabos sueltos, ficción a medias, realidad mentirosa. Como las películas de Frenkel, documentales tan atractivos que cabe la duda de si son ciento por ciento reales, Lavand fascina a todos a su paso, despliega su halo mágico de realidad fundida en misterio. La seguridad que tiene Lavand sobre sus trucos, el tono canchero que usa para decir esa maravillosa frase “n-o s-e p-u-e-d-e h-a-c-e-r m-á-s l-e-n-t-o” mientras nos demuestra que por más lento que sea el truco, su única mano es más rápida que nuestros ojos es la seguridad del grande, y esa seguridad es la clave del engaño.
El acierto fundamental de El Gran Simulador es que consigue ser una excelente película que habla de un personaje más que interesante. Muchos documentales sobre personajes atractivos por sí mismos suelen descansar en los laureles de la figura a retratar y ser un tanto perezosos a la hora de definirse como películas. No es el caso de El Gran Simulador. La cámara de Frenkel demuestra que está, que elije, que quiere al personaje y que tiene algo para contar. Demuestra que el cine también es fascinante. No es una cámara sumisa, y es por eso que el cóctel de Frenkel y Lavand es tan atractivo: una magia doble, redoblada, que encanta tanto por cinematográfica como por personal. Un gran personaje, claro. Pero sobre todo una gran película.
Porque ese cielo azul que todos vemos, ni es cielo ni es azul.
¡Lástima grande que no sea verdad tanta belleza!
Soneto citado por René Lavand en El Gran Simulador

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