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La trompeta de la Boca

jul. 02, 2017 20:14

en Opinión

Diario La Mañana de Bolívar - Opinión - La trompeta de la Boca

“Mis hijos serán trompetistas, o no serán nada, les prohíbo cirujanos, arquitectos, mucho menos banqueros, hombres de la Bolsa / Serán trompetistas, maravillas desde chicos en el zapato de Reyes, la corchea;
en el otro zapato el de las fucsias / Después les compró la bolsa la vida,
les doy almanaques de caballos, les compro aparatos con cosquillas, los pongo contra el cielo, les explico de Dios y de Louis Armstrong…” , cantaba Juan Carlos Baglietto la hermosa letra del poeta y periodista cordobés Daniel Salzano.
La trompeta es un instrumento con un misterio indescifrable. Su belleza y sonoridad sólo compiten con el piano y el saxo (cada uno tendrá sus preferencias especiales). No es un instrumento fácil de ejecutar, por su sonoridad, es sencillo darse cuenta cuando suena mal (al menos para alguien que tiene cierto oído musical).
El jazz la acogió primero en forma de corneta, (más barata y fácil de conseguir), luego, como trompeta, la recogió de las bandas militares de la guerra civil estadounidense. Rápidamente, los músicos comenzaron a elegirla, con mayor sonoridad y belleza estética. Louis Armstrong fue uno de ellos y él construiría un espacioso camino por donde surcaron y surcan los grandes instrumentistas del género.
Nuestro personaje de hoy se dedicó a la trompeta desde muy pequeño, su nombre no dice nada, Roberto Fernández, pero se hizo conocido por el apodo, ‘Fat’s ‘(gordo), que le puso otro trompetista, Roy Elridge.
Idolatrado por los músicos, Fats recibió otros apodos, Dizzie Gillespie le apodó ‘Golden Sound’ (Sonido de oro) y otro trompetista, Freddie Hubbard, ‘Mr. Chops’ (Señor Labios); y Astor Piazzolla le llamó: el Troilo de la trompeta.
Nació en La Boca y nunca se fue del barrio. Luego de haber participado en más de trescientas grabaciones discográficas y de tocar con Elridge, Dizzy Gillespie, Wynton Marsalis, Ray Charles y otras luminarias extranjeras,
grabó a los cincuenta años “Un trompetista en Buenos Aires” (1987), su primer disco solista. Aquí interpreta varias canciones de Nebbia, que es quién le produce el disco a través de Melopea, (impecable la versión de ‘Solo se trata de vivir’); Hay una composición del trompetista Freddie Hubbard: un par de tangos de Gardel y un tema propio a medias con Nebbia, (‘Canción para Timoteo’).
“No es una obligación, sino una necesidad y un compromiso - decía un Fats muy entusiasmado - Me produce una cosa acá (señala su corazón) cuando dicen que soy el mejor. No creo ni en mejores ni en peores. Sólo hay buenos y malos músicos. Gato Barbieri me hablaba de encontrar el camino justo y yo no sabía de qué hablaba hasta que un día, casi por arte de magia, me di cuenta que lo estaba transitando. El camino justo son las emociones, las imágenes, la poesía y los colores que uno descubre cuando toca la trompeta de determinada forma. Es el éxtasis.”
Su padre, un tonelero que tocaba la bandurria, le hacía escuchar ópera a través de la radio. A los cuatro años tarareaba la parte de los clarinetes del preludio de La Traviata. A los seis, se fascinaba con las bandas que tocaban en la plaza del barrio, se paraba y miraba fijo las trompetas. Un día, un músico le desafió a que le sacara algún sonido, él lo hizo y el músico le explicó que eso no era nada fácil, que tenía condiciones para el instrumento. De esa manera comenzó el idilio de Fats con la trompeta. A los catorce años tocó por primera vez por dinero con los American Boys en el Centro Unión de La Boca (La Boca, siempre La Boca).
Tres años más tarde era integrante de la Georgia Jazz Band en la época de la típica y la jazz. Así conoció a Troilo, Varela, Pugliese, Mores y cantantes de la talla de Julio Sosa y Francisco Fiorentino. (Su amor por el tango le llevó a grabar en 1996 “Tangos & Standards” alternando clásicos de jazz con ‘Gricel’ y ‘Ave de paso’.)
Luego, vendría su participación en Sanata y Clarificación, la agrupación de Rodolfo Alchourrón y su corta pero fructífera relación con el Gato Barbieri. Una excelente prueba del papel que encarnaba Fats en esos días es “Buenos Aires Jazz Fusión” (1981), el disco que produjeron el baterista Néstor Astarita y el contrabajista Jorge González con las participaciones de lo más granado del jazz local. (Fats se luce en ‘Desde muy abajo’, un tema con aires latinos de Norberto Minichilo).
Fats fue un precursor, junto a sus compañeros del Club Jamaica (Baby López Fürst, el Negro González , Néstor Astarita, Gato Barbieri), de incorporan al jazz otros géneros. “No veo por qué no pueda incorporarse al jazz el repertorio de la música popular argentina - solía decir - Hay colegas míos que opinan que el jazz siempre fue de elites, en la Argentina. Yo creo que, por el contrario, ayudó a que la música popular tuviera más libertad, porque a partir del jazz es posible improvisar sobre la música brasileña, sobre el tango, y hasta sobre la música clásica, por qué no.”
Si alguien escucha la trompeta de Fats Fernández podrá sentir el alma del ejecutante. Es que no se guarda nada para después, sencillamente pone todo porque su pasión aflora naturalmente, no conoce otra forma de tocar su música. Se trata de poner el corazón sirviéndose de la técnica y el oficio para atraparnos y eclipsarnos con ella, su eterna compañera, la trompeta.

Ciertos discos
Otro músico que se enamoró de Fats es Litto Nebbia, siempre lo convocó para tocar en sus discos y es el responsable de editar todos sus discos a través de su sello Melopea.
“New York Sessions & trabajos porteños” (1989) reúne temas grabados en New York con el saxofonista Paquito D´Rivera y el pianista argentino Carlos Franzetti (destacan ‘Gizela’ de Fernández y ‘Canción sin palabras’ de Franzetti).
La otra cara del álbum agrupa a músicos argentinos acompañando a Fats para que despliegue su versatilidad que le permite sobresaltar con un sobreagudo al estilo de Maynard Fergusson en ‘El casamiento de los músicos’ de Nebbia o endulzar como un Chet Baker (en ‘Dos que ya no cambian’ de Nebbia-Mignogna.
“Cuore” (1991) incluye material grabado en el estudio El Nuevo Mundo más un tema grabado en New York (‘Tema de Bill Watrous’ con el ya desaparecido pianista argentino Jorge Dalto); y tres músicas registradas en vivo en Mendoza. La bossa que abre el disco, (‘Chorinho para el Conde’), demuestra el ecléctico repertorio que eligió el trompetista de Boca para éste, su tercer álbum. ‘Una noche en Túnez’, emblemática composición de Gillespie, se constituye en el plato fuerte del disco. Registrado de un recital, Fats vuela con su trompeta y con su voz haciendo scat hasta límites insospechados.
“Fats Live Birthday” refleja la velada que se llevó a cabo en el estudio de Melopea con motivo del cumpleaños número 60 de Fats. Allí tocaron desde la melancólica ‘¿Qué harás el resto de tu vida?’, de Michel Legrand hasta la sabrosa ‘Manteca’ de su amado Dizzy Gillespie. El desprejuicio de Fats le permite abordar sin ningún tipo de miramientos ‘Pe las tabelas’, un tema que Chico Buarque le dedicó a las tablas de las gradas de una cancha de fútbol brasileña; ‘Milestones’ de Davis o cerrar el disco con ‘Blues In F’, de Duke Ellington.
Especialmente entrañable es “Soundtracks, Música de films para bandoneón y trompeta” (2000), disco compartido con el bandoneonista Walter Ríos, con Fats dibujando sobre las música de películas entrañables como ‘Perdidos en la noche’ de John Barry; y ‘Gotas de lluvia sobre mi cabeza’ de Burt Bacharach de ‘Butch Cassidy’, con otra pareja inolvidable: Paul Newman y Robert Redford.

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