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María la aldeana

oct. 07, 2017 13:15

en Opinión

Por Ernestina

Casi centenaria, la viejecita, al nivel del suelo, arrastraba sus rígidas polleras, que al rozar producían un triste sonido.
 
Rústicos zuecos que apenas asomaban y pañoleta tejida al croché, vestíanla de aldeana.
Por sobre su flojo rodete debilitado por la escasez de sus ralos cabellos canos, transportaba un cargado cesto. Del sudista pueblito itálico traía esa costumbre, que le había dado el porte elegante y altivo que aún conservaba.
 
Allá en su bella Italia, cantando, sobre su cabeza llevaba el pesado cántaro sostenido por su mano derecha, seduciendo con el contorneo de sus caderas.
Bajaba María de la montaña, descendiendo con agua cristalina entre piedras y malezas, evitando hábilmente su derrame.
 
En una modesta familia adquirió la niña cierta cultura musical. En la ópera originada en su país, popular y conocida en sectores rurales, tuvo breve participación. Dio su voz a coros de iglesias, le atrajeron los cantantes líricos, los bailes regionales reflejo de tradiciones y costumbres.
La tarantella, famosa y emblemática, pertenece a un ritual popular que asegura curar el veneno de picaduras de tarántulas. Al oírla, imanada a sus compases, imperceptibles movimientos de su cuerpo se fundían en la alocada danza.
 
Bella y enigmática María, casi niña, contrariando a sus padres, en frágil y ondulante embarcación fondeó un día en un lejano puerto. Precedida por un joven en la aventura, llegó en su búsqueda desposándose ambos de inmediato.
 
Las simientes de lo que sería una gran metrópoli se enraizaban en la tierra. Tonino integró cuadrillas que adoquinaron las calles de la gran aldea, transformada hoy en la deslumbrante ciudad de Buenos Aires.
 
La pareja decidió trabajar en unas tierras adquiridas por el padre de Tonino. Pionero éste de la inmigración, con paisanos fue fundante de una comarca italiana. 
La dura realidad destruyó sueños y fantasías de María. Decepcionada y tutelada por un hermano volvió a su casa natal. No encontró aceptación de sus padres y obligada por mandatos de una sociedad esclavizante, se resignó a una desgraciada existencia junto a Tonino.
Con su bagaje cultural, plena de ilusiones, se sometió al destino al que las mujeres estaban relegadas. Trabajó incansablemente, soportando castigos por rencillas a la que su rebeldía la conducían.
Negada a hablar el idioma del país de adopción, silenció su canto y encerrada en sí misma transcurrió su miserable vida.
 
Pocas veces se iluminaba su rostro con una sonrisa aislada; elevada por la imaginación veíase transportada al pueblito pesquero de costas bañadas por aguas color turquesa, el color de sus ojos.
Muchos hijos tuvo María, en los que descargaba su infelicidad tratándolos con dureza. Una hermosa joven quinceañera, Concepción, era la menor de sus hijas. En una mañana fría y neblinosa, doblegada por la incomprensión de su madre, se quitó la vida. María enmudeció. Lacerada por reproches expió su dolor en soledad. Ignorada, deambulaba por la casa, lugar de la tragedia que ensombreció su vida. Permanecía durante largo tiempo sentada en un escondrijo de la galería, direccionada hacia la puerta de acceso. Los recuerdos aceleraron su vejez.
 
Una de sus nietas llegaba a visitarla. Intercambiaban palabras en su dialecto. Entonces sonreía tristemente. Compenetradas en ideas y sentimientos hallaba sosiego en esos instantes. Remansos que le daban algo de paz.
 
En cercanías, un ser misterioso moraba en un típico rancho ladeado al que se accedía esquivando cenagosos terrenos. Era Ramón, un peón golondrina, atracción de chicos y grandes, que con un atado al hombro se ausentaba en épocas de cosechas.
 
Sobre techos de vagones de trenes cargueros, en movimiento, se desplazaba como un equilibrista. Conocía la historia de María, la que por su relato trascendió; pero no su esencia.
Tras el luctuoso suceso, por las noches Ramón, al regresar a su vivienda, se detenía a escuchar el estremecedor llanto de María, mientras desgranaba con voz entrecortada las cuentas de su rosario.
Reservada a Dios la intimidad de su conciencia, partió en busca del descanso ansiado. Las campanas de la humilde iglesia donde solía postrarse, esta vez doblaron por ella…
La Mañana

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