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OPNION

Mucha tropa riendo

mar. 18, 2017 13:24

en Opinión

Diario La Mañana de Bolívar - Opinión - Mucha tropa riendo

Pasó una semana de aquel día en el que no pasó nada, excepto una enorme demostración de músculo de la prensa canalla, para que quede claro que cuando quiere destruir, puede hacerlo. Ese periodismo de carroña cuenta, (¿cómo lograr éxito si no?), con una buena porción de la sociedad dispuesta a escuchar y creer todo lo que oye, siempre y cuando encaje en sus más rancios prejuicios.

Lo que pasó cuando nada pasó en el recital de Indio Solari en Olavarría, fue un fenómeno que quizás se estudie dentro de unos años, en las carreras de comunicación, de la misma manera que se propone la lectura de “Algo muy grave va a pasar en este pueblo” (García Márquez) como ejemplo de lo que un rumor puede provocar en una sociedad dispuesta a caer en las garras de la psicosis.

Más de 250 mil personas congregadas en un predio y que sólo hayan habido empujones y sofocones a la salida, debería ser un comportamiento digno de mención en el manual de los buenos modales. Sí que hubo más incomodidad a la salida que en otros recitales del propio Solari, pero no hubo muertes allí. No hubo hordas sanguinarias caminando encima de cadáveres o de sujetos agonizantes.

Por eso, el relato de la mayoría de quienes estuvieron presentes en el predio La Colmena el sábado 11 de marzo fue el mismo: se enteraron de que habían sido partícipes de una orgía animal de sangre y horror y de que son parte de un colectivo de borrachos, drogones y salvajes, a través de los medios de comunicación. Los que volvieron de una fiesta, se enteraron de que no había sido tal, porque la tele y los .com, les contaron otra cosa. La agencia oficial de noticias fue la que generó un desmadre social a nivel nacional que debería ser sancionada penalmente.

Pasadas unas horas del recital, esa agencia difundió la mentira de que había 7 (hubo 2) muertos tras el evento artístico. Todos los familiares, amigos, vecinos, de los 300 mil tipos que habían ido a ver al Indio, intentaban comunicarse para saber si aquellos estaban bien. Y esos 300 mil se enteraban así, que deberían estar mal y de que algo les había, o les podría haber pasado.  Era verosímil, porque el propio Solari había dicho desde el escenario, que había personas desmayadas. “Borrachitos”, dijo. Pero las dos muertes, se confirmó luego, no tuvieron lugar en el recital ni fueron por aplastamiento o asfixia, sino por paros cardíacos que podrían haber sucedido “mirando televisión en casa”.

Durante los días siguientes al recital, mientras el país era (es) escenario de grandes conflictos sociales, los feos, sucios y malos pasaron a ser los “ricoteros” y, por supuesto, Indio. Los relatos y opiniones de lo que no pasó ocuparon espacios, generaron títulos y alentaron la ira de opinadores seriales en las redes. Personas que nunca fueron a un recital masivo, pretendieron dar cátedra de cómo organizar uno y les (nos) contaban a los asistentes, todo lo que allí había sucedido.  Se pudo asistir a un linchamiento moral y social como pocas veces se ha visto, ante los hechos que no fueron, y eso generó una especie de estado de shock, en muchísimas personas que concurrieron al recital. Violencia es mentir, pero algunos insisten en no enterarse.

¿Cómo es que estuve en un escenario pre masacre y no me dí cuenta? ¿Cuándo fue que me convertí en un/a lumpen que endiosa a un artista y que no actúa razonablemente? ¿Cuándo fue que me transformé en un/a vago que no trabaja, que se droga todo el tiempo e incendia terminales de ómnibus, roba en comercios y provoca enormes congestiones en las rutas?

Surge de los comentarios en redes y en medios de desinformación, que todos los asistentes a La Colmena, el 11 de marzo de 2017, éramos eso. Una descripción que cabe a la perfección en los huecos cerebrales que provocan los prejuicios.

Muchos ricoteros no publicaron las “fotos felices” como corresponde tras eventos como éste; esas en las que aparecen los grupos de amigos, las familias enteras, las parejas, abrazados y contentos por asistir a una fiesta que es para muchos, pero de la que otros muchos jamás podrán ser parte, porque no tienen la sensibilidad suficiente, porque no van en cueros por la vida y porque la capacidad de apasionarse tal vez nunca estuvo entre sus potencialidades.

Hay que preguntarse por qué tardaron en aparecer en las redes, esas fotos de la fiesta. Y hay que preguntarse también por qué muchos tardaron (tardamos) en escribir sobre la propia percepción del asunto. Quizás sea porque hay mucha sopa debajo, detrás o donde sea, pero en las sombras. Había que tomar distancia y esperar a que se caigan, una a una, las mentiras que sostuvieron la canallada.

Algunos (especialmente los que no fueron), se apuraron a escribir para que el resultado de sus sesudos análisis se pudieran leer cuanto antes. Dictaron sentencias, apresuraron juicios, dieron clases de organización de eventos multitudinarios y repitieron hasta el asco, “lo que pasó en Olavarría”.  Inclusive algunos periodistas honestos, hablaron de “lo que pasó”. Y surgió entonces la pregunta: ¿Qué carajo fue lo que pasó?.

Pasó que se montó una carnicería contra lo que implica Indio como suceso cultural y social: la exaltación de lo colectivo, la supresión de las barreras sociales, económicas, culturales, partidistas, etarias, geográficas, la rebeldía contra lo impuesto, la sátira, la ironía, la inteligencia, todo puesto a cuestionar lo peor de los juegos del poder. Eso que implica Indio es un rico bombón del que no quiso privarse “la canalla que nunca descansa”, para destrozar el símbolo. Corren veloces los tiempos de la destrucción de símbolos.

Ahora muchos deberían dar explicaciones sobre las brutalidades que se dijeron. Una mujer desesperada tras escuchar las mentiras, salió a la ruta y tuvo un accidente mortal. Fue un incidente vial, pero si la agencia oficial de noticias no hubiera dado a conocer datos falsos, ni más ni menos que de la muerte de 7 personas, quizás ese incidente no hubiera ocurrido. No es sopa.

Algunos disfrutamos de su música desde hace más de 30 años. Otros, tienen apenas 20 y pico, como la parejita de Burzaco que llevamos días atrás a Olavarría y conocen toda su carrera artística (ella, futura maestra jardinera, él, estudiante de música).  Indio Solari tiene 68 años y acarrea una “enfermedad malvada”, que no es Mr. Parkinson, sino que es la canalla, esa que no le perdona ni le perdonará jamás que un pibe roto por su injusta realidad social, pueda cantar las canciones que esa canalla jamás podrá comprender (¡no las entiende!). Y que al lado de este pibe, esté otro al que no le falta nada y que los dos se miren con complicidad y canten juntos, sonriendo, asintiendo, hermanando. Eso es imperdonable, en estos tiempos en los que se promueve justamente, todo lo contrario. Había que arruinar la fiesta, ahora y para siempre; había que tirar muertos. Y si no estaban, había que inventarlos.

La canalla, se sabe, “nunca descansa”.

 

“Mucha tropa riendo en las calles/con sus muecas rotas cromadas/y por las carreteras valladas/escuchás caer tus lágrimas”

La Mañana

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