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EDITORIAL

No todo está tan mal

mar. 05, 2017 11:43

en Opinión

Se ha desatado en los últimos tiempos una corriente de críticas duras hacia el Gobierno Nacional. No sorprenden, por cierto, las que surgen de evidentes y declarados opositores, ya que no otra cosa era dable esperar toda vez que las ideologías (y también los intereses) casi siempre nublan la capacidad de comprensión y análisis, poniendo la discusión en andariveles que difícilmente lleven a conclusiones razonables.

Las redes sociales multiplican hoy este mensaje cuasi apocalíptico y llegan al dislate de promover salidas a las calles para reclamar la renuncia del Presidente Macri, con una dureza discursiva que parece nacer más en privilegios perdidos que en sanas convicciones democráticas. En línea con esta “estampida comunicacional informal”, políticos de la oposición suman sus estridentes voces y, algunos de ellos, acomodan sus discursos con la mirada puesta solamente en las próximas elecciones de medio término, atraídos por el rédito chiquito e inmediato que pueda acarrearles este perverso juego que se juega con la queja y se fortalece en el hálito de dueños de la verdad con la que encaran sus razonamientos públicos.
El combo se cierra con las innumerables manifestaciones populares que, al menos en lo inmediato, no tienen otro propósito que el enrarecimiento de la vida de los sufridos habitantes de la Capital Federal que, por haberles tocado vivir en esa luminosa vidriera, son los protagonistas de una película que se exhibe en simultáneo en todas las salas del país generando una sensación de caos que, en rigor, finaliza cuadras más allá de la General Paz. Lo hacen en reclamo de soluciones urgentes a problemas endémicos y con una virulencia que ahorraron en épocas pasadas, cuando tampoco se resolvieron esos problemas y, lejos de ello, casi siempre se agudizaron.

Pero, está dicho, más allá del rechazo que pueda esta actitud acarrear al menos para quien esto escribe y firma, nada llama a la sorpresa viniendo de donde viene la ola.

La sorpresa la causan aquellos que suman sus filosas críticas proviniendo de sectores que abrazaron la “salida Macri” y que, convicciones más o menos, comulgan con su forma de encarar la política y comparten un diagnóstico de la situación general del país que los llevaron, precisamente, a elegir esa opción.

¿Qué esperaban los que votaron a Macri? ¿Pensaron que su sola instalación en el poder iba a resolver postergaciones históricas de este país? ¿Pensaron que venía con recetas mágicas y con procedimientos tan estudiados y chequeados que evitarían los errores posibles? ¿Perdieron de vista rápidamente la gravedad del problema argentino? ¿O es que, sencillamente, una vez más el bolsillo (que no se llena tan rápidamente como esperaban) vuelve a mandar y entonces, repitiendo el error histórico que los argentinos cometimos con Alfonsín, nuevamente sea más fácil echar culpas al gobierno que aceptar que todos, absolutamente todos, debemos hacer un esfuerzo y bajar pretensiones?
“La gente está mal” es una expresión que se escucha hoy recurrentemente. Es una gran verdad, ciertamente. Sólo que puesta en boca de algunos, al expresar ese colectivo “gente” automáticamente se autoexcluyen, como poniéndose a salvo de ese mal pasar, precisamente, por no sentirse incluidos en aquel grupo integrado por los que siempre sufren las economías y sobre los que siempre, también, recaen los esfuerzos.

“Hay gente que la está pasando muy mal”, dijo hace unos días a este comunicador un amigo personal no bolivarense. Lo hizo movilizado por una suerte de socialismo novedoso, que nunca ejerció, mientras descendía de su automóvil importado con patente doble AA procedente de Pinamar, donde había vacacionado por 20 días corridos. Trascartón, comenzó a quejarse del precio de la soja, que no repunta según parece, y a mostrar preocupación por algunas intimaciones de ARBA que comenzaron a llegarle. Un ejemplo, solamente, de ese nivel de autoexclusión del que hablo párrafo arriba.

Así las cosas, digo: no todo está tan mal. Se ha elegido un camino y es dable respetar su recorrido. Los errores del gobierno son simplemente lógicos y, por supuesto, los que más se notan son los que obligan a la corrección. Como editores de diario que somos, sabemos que nuestros propios errores se alojan en lugares inexplicables (los títulos por ejemplo) y, a veces, ni el pedido de disculpas nos alivia y mucho menos nos justifica. Digo que habitamos un país complejo, en el que las soluciones de unos significan el dolor del otro y en el que todos debemos declararnos empobrecidos, porque el país lo está, más allá de distintos pasares con los que nos benefició o perjudicó la feria en términos personales. Habitamos una Argentina injusta desde su propia historia, no desde ahora, que costará mucho ordenar hasta hacerla un poco más equitativa. Digo que, entendiendo el origen de la crítica furibunda de algunos, hay que abogar por la esforzada comprensión de otros y hasta por la defensa, si cabe, de un programa que fue elegido mayoritariamente y cuya ejecución está en manos, también mayoritariamente, de gente creíble, capacitada y honesta. Y digo también que esta actitud pacífica y comprensiva no nos arrogará ningún derecho especial. No nos hará miembros de un club de privilegiados que, más tarde, podrá reclamar beneficios, sino exactamente todo lo contrario. Nos hará reconocer parte de ese colectivo “gente” obligándonos a aceptar el esfuerzo con menos quejas que otros, sabiendo que los resultados deberán verse a largo plazo.

Hace falta pacificar al país. Ese trabajo deberá estar en manos de los que tienen vocación de paz, entendiendo que hay otros que, por el contrario, mantendrán la virulencia de sus mensajes y, peor aún, también están los que decididamente apuestan por el fracaso del gobierno actual aunque eso conlleve males que Argentina sencillamente no está en condiciones de afrontar. Pacificar el país significa también que los docentes peleen por lo suyo con las aulas abiertas; médicos que reclamen duramente atendiendo las guardias; judiciales que hagan lo propio sin cerrar los juzgados y, en fin, ciudadanos que manifiesten sus reclamos sin “embarrar la cancha”. El riesgo es muy alto. Las fuerzas productivas del país pueden soportar aún mayores esfuerzos; pero difícilmente se recuperen de una nueva frustración.

Víctor Agustín Cabreros

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