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Pies de atril

Vota por Riquelme y sus privilegios: Chino Castro

feb. 19, 2012 19:25

en Opinión

Diario La Mañana de Bolívar - Opinión - Pies de atril - Vota por Riquelme y sus privilegios: Chino Castro

Escribo esto en estado de emoción violenta. No conozco la pulsión del asesino, no sé qué siente un tipo que va a matar, pero el dolor que se me amotina en el pecho en este instante en que escribo esto, cuando falta poco para tener que irme hacia la radio, ese paraíso en que elegí vivir, me resulta suficiente para saber que escribo esto en estado de emoción violenta. Hace una semana se fue Luis Alberto Spinetta. El Flaco, el tipo más parecido a Dios que hubo en la Tierra. Creas o no creas en Dios o en lo que sea. Seas jodido/a o bueno/a. Luis fue lo más parecido a la justicia, fue la banda de sonido de la justicia, la ética artística de la humanidad.
Yo siento rabia. Sigo enojado con la vida, siete días después. Siento que el dolor es una hornalla perenne, como un medallón de fuego que permanecerá encendido para siempre. Una ornalla sin hache, más candente que la que sirve para calentar el agua del café. Saber que quedará su música, creéme que no me alcanza ni para entretener a esa muela de juicio que no me nació, pero que ahora mismo me pudre la sonrisa del alma.

He leído/escuchado muchas cosas en todos estos días tristes, algunas bellísimas, como huesos que gimen entre la borra del último invierno. Sobre todo el suple Radar, de Página, hermoso fresco sobre lo que fue Luis. Y no iba a escribir nada, salvo el poema que publiqué en el blog de Dani y en el face de "Fuga". Pero ahora cambié de idea. Fue después de escuchar esta tarde de miércoles, en lo de mi amigo Diego y casi que desde la nada, las cosas que expresó un herido Mario Pergolini en su nueva radio, Vorterix. Ahí dije sí, vuelco algo sobre el papel. Necesito hacerlo, y ya. Aunque no escriba, vuelco sobre el papel, como el pintor que lanza la mancha de color sobre la tela. Te aviso, por si querés largar esta nota acá, después no digas que no canté. Pergolini dijo cosas lindas, pero que hable él, me movió la estantería. Me hizo acordar a cuando era pibe y descubrí a Mario boconeando desde la torre de chapa de color rojizo en la primera "La tv ataca", que iba de lunes a viernes por América TV (¡América TV!), de 20 a 21 (en realidad, a Mario lo conocía de antes, de cuando irrumpió en VCC, otra antigüedad, con "Videolínea"). Que hable él, para mí representa mucho, aunque no sepa bien por qué. Pergolini hablando de Spinetta, es demasiado como para quedarme quieto. Iba a irme a dormir la siesta antes de la radio, pero ahora ya no puedo llegar hasta mi cama.
Y la verdad que no tengo mucho para decir. Tendría bastante, pero ya fue dicho por otros, y tal vez mejor de lo que yo podría. Diré así, revoleadas como trompada de borrachín, sólo un par de cosas. Reflexiones que apunté días atrás en la memoria del celu, por si las moscas, por si me inundaba la necesidad de usarlas y la cosa se tornaba de vida o muerte. Y creéme que sí, que esta tarde rara agarró para ese wing:

-Spinetta fue Spinetta por su voraz creatividad, porque nació con una luz empotrada en su pecho angosto. Pero también, porque jamás firmó un empate, artísticamente hablando. Fue siempre a fondo, nunca especuló ni regateó nada. La belleza fue su religión. Cuando en 1997 publicó "Spinetta y Los Socios del Desierto", su monumental disco doble en plan power trío, debió vencer a la compañía, que quería lanzar las placas por separado. Luis se plantó, con la convicción de un gladiador: "o lo editan doble, o nada. En todo caso mis hijos se llenarán del plata algún día con un inédito mío", les revoleó por la cara a los jerarcas disqueros. Finalmente, publicaron el doble. Una vez más, Luis no firmó el empate. Firmar el empate hubiera significado para él envilecerse. Bilardizarse, por decirlo así. Otro quizá lo hubiese hecho, total, editar ese material igual lo editaban.

-una vez, Aliverti rescató una cita de Ardizzone, cuando el gran Osvaldo habló de la dignidad invicta de Carlos Monzón. Yo hablaría hoy de la dignidad invicta de Luis Alberto Spinetta. Seguí su trayectoria, escuchá su música, y vas a ver. Al ver, verás. Porque lo que hay que mantener invicta es la dignidad, no el bolsillo. A veces, mantenés invicta tu dignidad perdiendo, y empatando la perdés. La dignidad es una cuestión espiritual, no económica. Tiene que ver con el alma, no con el bolsillo. Vive en la lucha de la flor que se la banca en el desierto, no agachada en una gris operación bancaria.

Luis se fue, y nos quedará el dolor de no tener que esperar su próximo disco, de no tener que entrar a Internet para ver dónde toca y evaluar si ir otra vez a ese 'retiro espiritual' que nos proponían sus canciones y su manera de hacerles el amor en el escenario. Se fue casi en silencio, de no ser por el hijo de mil putas de Fontevecchia que lo escrachó en Caras, ya muy enfermo. Se marchó lejos de la mediocridad terrestre sobre la que siempre sobrevoló, con la elegancia que fue su alimento y su luz, con esa calma otoñal de duende que conoce la fórmula para hacer llover sobre los que ruedan con sus sueños en carneviva.

Lo vi quince veces en vivo desde febrero de 2001, en Mendoza, hasta fines de 2010, en el Coliseo porteño y con mi amiga Dani. Después de él, no sé qué más ver. Igual sé que algo va a aparecer, no soy un nene boludo. Alguien lamerá algo de la magia que su último vuelo desparramó sobre el piso, y sabrá qué hacer con esa leche santa. Y así él volverá a estar, escondido en otra canción. Por eso fue tan grande, si no, su legado dorado no sería más que pochoclo en el programa de Tinelli.

Conocí la música de Spinetta en febrero de 1995, hace diecisiete abriles. Digo abriles y no años, porque su arte me huele a abril, tiene color de abril, textura y encanto de abril. Entré por "Pelusón Of Milk", el disco que trae "Seguir viviendo sin tu amor", el único hit de su carrera además de "Muchacha". Sin embargo, el tema que me prendó fue "Cielo de ti". Desde aquélla iluminación, mi vida no fue la misma. Franquear esa puerta que parece inhóspita e ingresar al Código Luis, me cambió para siempre. Y no exagero: en su obra hallé un refugio, una isla para mí.
Es que nadie nos salvará, pero el Flaco parecía que sí.

No quiero hacer más ruido, a Luis no le hubiera gustado tanta bambolla como la que ha sonado en estos días raros, estas tarde huérfanas. Ahora tendremos que seguir viviendo sin su amor, ya lo sabemos. Ahora sí que es el final de la pureza. Me quedo con el recuerdo de que en 1991, Spinetta compuso "Pelusón Of Milk" para esperar a Vera, su hija menor, que nacería ese año en su propia casa. El tema 14 de ese disco luminosamente básico que grabó casi en soledad es "Pies de atril". Y aún quedan mil muros en Berlín/desnúdate por ahora/hasta que salga el mar, le canta a su pequeña, que estaba floreciendo. Vive por mí/que yo partiré alguna vez/desde mis pies de atril, le pide finalmente a su retoño, todo ternura. Vivamos por él, ahora que acaba de partir desde sus pies de atril. Sigamos con él, aunque la luna gima mariposas, y no lo despidamos, que a un hombre alado no se lo despide.

Los ángeles no envejecen, por eso te fuiste temprano, querido Luis.

Yo me voy para la radio, mientras la tarde se oculta en un pañuelo. Por suerte el cielo está gris. Parece frágil y conmovido, y por unos siglos debería estar así.

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