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Tristeza de un doble A

sep. 24, 2017 17:53

en Opinión

Diario La Mañana de Bolívar - Opinión - Tristeza de un doble A

Destino insondable el del bandoneón, nació en Alemania con el propósito de suplantar al órgano en algunas ceremonias religiosas pero su misión estaba cruzando el Atlántico para encarnar un protagonismo casi excluyente en el tango.
Dice el historiador bolivarense por adopción Miguel Ángel Scenna: “El que le dio el impulso definitivo al banodeneón (y algunos autores sostienen que fue su real inventor) fue un tal Band. Los historiadores no se ponen de acuerdo con su primer nombre: ¿Adolf, Vertag o Heinrich? Lo concreto es que el señor Band en un rapto de modestia llamó al instrumento ‘bandolium’.
El bandolium nació como una necesidad religiosa para suplantar a los órganos de iglesia en ocasiones especiales, por ejemplo, cuando se celebraban misa al aire libre, debido a su escaso peso en relación al órgano.
Parece que la idea de Band no dio resultado y su instrumento apenas fue utilizado para animar fiestas campesinas pero sin llegar a competir con el acordeón o con la concertina. A ese instrumento le esperaba otro destino. En un lugar remoto se lo adoptaría como propio y terminaría de darle color a un sonido que estaba naciendo en los prostíbulos y cafetines hacia 1880.”
Entre los fabricantes del instrumento se destacó Alfred Arnold. Desde 1864 comenzó a fabricarlos y a perfeccionarlos convirtiendo a los Doble A (así se los llamaba aquí), en la marca por excelencia.
Según Scenna es una tarea imposible demostrar cuál fue el primer bandoneón que llegó a estos pagos. Algunos autores afirman que Ciriaco Ortiz conservaba uno pequeño que perteneciera a su padre y aseguraba que ése había sido el primero. Otros señalan como responsable a un marinero, Bartolo ‘el brasilero’ y algunos arriesgan que el primero fue un inglés, Thomas Moore, pero todo esto sin fecha ni precisiones. Para Scenna es verosímil que durante la Guerra del Paraguay, entre 1865 y 1870, en los campamentos argentinos haya sonado por primera vez un bandoneón que perteneciera al soldado José Santa Cruz. En tiempos de paz, Santa Cruz se empleó en el Ferrocarril Oeste y en sus ratos libres seguía tocando el bandoneón.

Un bandoneón en New York
Un día de 1927 en el distrito Greenwich de New York Vicente Piazzolla entró a su casa portando un misterioso paquete. Había visto un bandoneón en uno de esos negocios que venden cosas usadas, entusiasmado, imaginó su hijo Astor tocando los tangos que él escuchaba todas las noches cuando volvía del trabajo.
Lo recibió su hijo con gran algarabía, hacía mucho tiempo que le había pedido insistentemente un par de patines, por fin se le había dado. Grande fue su decepción cuando se encontró con un aparato que nunca había visto en su vida. Vicente sentó a su hijo en una silla y le dijo: “Astor, éste es el instrumento del tango, quiero que aprendas a tocarlo.”
El pequeño Astor tenía seis años, no le gustaba el tango ni entendía ese instrumento raro con un gran fuelle con botones a los costados, en el último de los casos prefería la comodidad de la armónica.
Además, surgió un inconveniente, ¿cómo conseguir un profesor de bandoneón en Nueva York? Ubicaron una profesora de música que enseñaba teoría y solfeo, la madre de Astor, Asunta Manetti, pagaba las clases arreglándole las uñas a la profe. Astor, un niño sumamente inquieto, no aguantó mucho las aburridas clases. El siguiente elegido fue un italiano que enseñaba violín y mandolina, además de cocinar la salsa de spaghetti más ricas que Astor haya probado. Tampoco tuvo éxito, el profesor le dijo a don Vicente que el niño era duro como la piedra para la música y además, muy vago.
El bandoneón terminó en el ropero, tiempo después, cuando Astor tenía nueve años, la familia Piazzolla retornó a Argentina. Ya en Mar del Plata, el niño comenzó a recibir las primeras lecciones de bandoneón a cargo de Homero Pauloni, un hombre de tango que los martes y jueves le enseñaba los rudimentos del género. Dice Diana Piazzolla en ‘Astor’, la biografía de su padre: “Una ranchera, ‘Cadenita de amor’ y un tango, ‘Vagabundo’, son las primeras piezas completas que Astor toca para sus amigos y parientes en una fiesta de cumpleaños, acompañado en acordeón por su tío Checo, el mismo tío que inventaba polcas debajo de la higuera, que lo llevaba por las calles de tierra a bautismos, bodas y fiestas patrias, para que su sobrino fuera encariñándose con la caja negra.”
Pero la crisis del 30 arreciaba y los Piazzolla regresaron a Nueva York, ahora al barrio llamado ‘Pequeña Italia’. Lo que sigue es historia más conocida, ya adolescente, Astor comenzó a frecuentar los clubes nocturnos, el juego y el jazz. Volvió a nuestro país en 1937, con dieciséis años. Dos años después pasó a integrar la orquesta de Aníbal Troilo.
Se han escrito ríos de tinta acerca de Astor Piazzolla, su nombre es sinónimo de bandoneón. Fue un exquisito y prolífico compositor, sus obras se ejecutan en todo el mundo; en cuanto a su condición de instrumentista, fue un bandoneonista de excepción que adoptó la técnica de tocar parado. Su tremenda vitalidad le permitía tocar el bandoneón dos o tres horas seguidas con el esfuerzo que ello le demandaba (el bandoneón pesa alrededor de diez kilos).
“El tango tuvo grandes bandoneonistas - le contó Piazzolla a Natalio Gorín - Hay un estilo Maffia y un estilo Laurenz. Uno es más intimista, el otro más desbordante. El Gordo Troilo fue otra cosa, no era deslumbrante, pero sí un intérprete maravilloso, me hacía caer las medias tocando dos notas incomparables. En materia de técnica está Minotto; y posiblemente el más grande de todos, aunque desconocido para el gran público sea Roberto Di Filippo. En la primera línea no puede faltar Leopoldo Federico, el mejor de todos en esta época. En la generación posterior hay dos muy buenos, DinoSaluzzi y Néstor Marconi.
Yo soy distinto a todos. No digo ni mejor ni peor que Troilo o Federico. No. Lo que no tiene nadie es mi touche. Esto quiere decir que alguno me puede superar, o no, de lo que estoy seguro es que como Piazzolla no puede tocar ninguno.”
Hay una de sus composiciones que pinta de cuerpo entero su figura y su instrumento. Piazzolla escribió una de las páginas más hermosas dedicadas al bandoneón, el título de la misma ya delataba su preferencia por una marca en especial, se titula ‘Tristeza de un Doble A’ y Piazzolla la estrenó en el álbum “Música Popular Contemporánea de la Ciudad de Buenos Aires” (1971), grabado con su Conjunto 9: Antonio Agri y Hugo Baralis en los violines, José Bragato en cello, Homero Manzi en piano, Oscar López Ruiz en guitarra, Néstor Panik en viola, Kicho Díaz en contrabajo, y José Correale en percusión.
Con el quinteto la registró en vivo 1982 en una tremenda versión de veinte minutos de duración con Pablo Ziegler en piano, Fernando Suarez Paz en violín, Oscar López Ruiz en guitarra y Héctor Console en contrabajo.


En ‘Tristeza de un Doble A’, Piazzolla recrea libremente las técnicas de sus colegas queridos: Aníbal Troilo, Pedro Laurenz, Pedro Maffia. El propio Piazzolla le confesó a un fan suyo, el bandoneonista, Juan José Mosalini: “Es casi inconsciente. No tenés más que pasearte por las imágenes de los diferentes bandoneonistas; cerrás los ojos y te dejás ir, y de pronto aparecen todos esos recursos en la memoria, y estás improvisando a la manera de, o haciendo una fraseología, un vibrato, o la manera de octavar de Troilo. En fin, toda una cantidad de cosas que entroncan con nuestras mayores influencias, y a las que se suma el aporte personal”.

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