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POCHI’ TIENE CUERDA PARA SEGUIR, A 103 AÑOS DEL NACIMIENTO DE SU ALMACÉN

La Esperanza es lo último que se deja

jul. 02, 2018 12:46

en Sociales

Diario La Mañana de Bolívar - Sociales - La Esperanza es lo último que se deja

Con ciento tres años de permanencia, y  cincuenta y cinco en la esquina de Zapiola y Sarmiento, el almacén La Esperanza se erige en uno de los comercios más longevos de la ciudad y uno de los últimos en su especie dando la cotidiana batalla contra las cadenas de supermercados que son símbolo de época.

Al frente del emprendimiento se halla, incólume a los avatares de las nuevas tendencias en materia de consumo minorista, Carlos Horacio García Paoletti, ‘Pochi’, como se conoce a quien es tercera generación familiar al frente de una explotación que nació como almacén de ramos generales para el comercio mayorista y minorista, y hace años se reconvirtió en el típico negocio al que acuden los vecinos del barrio, con todo en comestibles, artículos de limpieza y productos para carneada, un rubro que distingue a la casa desde hace más de cincuenta años. La Esperanza fue fundada por el abuelo de ‘Pochi’, Pedro García Blanco, en la esquina de Mitre y Necochea, y continuó con el padre, Pedro García Goggi. ‘Pochi’ comenzó a sus 14, hoy está por cumplir 73. Hace unas tres décadas que se desempeña al frente de La Esperanza, con la ayuda de sus hijos en ocasiones especiales.

“Cuando ingresé, a mis 14 años, salíamos con mi padre en un sulky a tomar nota a los negocios y las casas de familia, y por la tarde hacíamos el reparto en un batán, lógicamente identificándonos en todos esos lugares con la palabra almacenero”, recordó con orgullo García Paoletti, que hace dos sábados recibió del Rotary el premio Mérito por la permanencia y la trayectoria de La Esperanza, una distinción que también fue para su padre y su abuelo, gestores del emprendimiento.

Empleaste la palabra almacenero, seguramente te identificás con la figura de ese almacenero de barrio que sigue vigente a pesar de los cambios de época.

-Hemos atravesado situaciones muy difíciles, pero gracias a dios yo tengo la suerte de contar con una clientela fiel, ya sea la de antes como la de ahora. Seguimos con la tradición del almacenero de barrio, aquel que anota cuando al cliente le falta un peso, mientras en otras bocas de expendio, si no llegás te hacen dejar las cosas. Nosotros terminamos siendo parte de la familia de la gente de barrio.

¿Aún se usa la libreta?

-Hoy no está autorizada, con todos los cambios que ha habido. Se trabaja con cuenta corriente, lamentablemente la libreta desapareció. Yo gracias a dios no tengo palabras para la clientela, lo que tengo fiado sé que lo voy a cobrar, porque mi gente es fiel y responde.

Otra ‘costumbre’ de los almacenes de barrio en relación a los supermercados es auxiliar a deshora, aunque ‘Pochi’ se planta: sólo lo hace si hay en juego un motivo contundente, que a su criterio lo amerita, ya que vive a nueve cuadras de su local y le gusta ser estricto con el horario. “A un cliente no lo podés dejar ‘a pie’, pero no es la forma de trabajar: nosotros tenemos un horario de apertura y uno de cierre, y la clientela también debe saber respetar eso”, afirmó el trabajador.

El equilibro entre precio y calidad es el imperativo de ‘Pochi’. “Como suele decirse, lo barato sale caro. Yo tengo muy en cuenta eso, y sumale que trato de brindar la mejor atención personalizada”, resumió.

De hecho, el almacenero no está para escuchar los problemas de los clientes ni brindarle apoyo terapéutico, pero de algún modo le ofrece contención en un momento malo y lo acompaña en uno bueno.

-Te diría que en cierto modo somos el paño de alguien que viene con algún problema. Muchos te piden ayuda para ellos, para un hijo u otro familiar, y en la medida de lo posible yo les doy una mano. Al cliente hay que brindarle lo mejor para seguir teniéndolo como tal, porque cuando se va, es muy difícil recuperarlo.

¿Es así, en general? ¿Cuesta mucho incorporarlo como cliente, y cuesta nada perderlo?

-Depende de la situación que se presente. Si se va porque lo trataste mal, no va a volver. Yo no he pasado por esas situaciones. Al contrario, ha habido gente con la que tuvimos una diferencia, y al mes ha regresado. Pero jamás han sido diferencias mayúsculas.

¿Tenés ganas de seguir?

-Sí. Los amigos y la familia me dicen cuándo me voy a retirar, pero les respondo que todo trabajo, cuando se hace con gusto, es lindo. Yo me levanto con ganas, no me cuesta nada, vengo con alegría y trabajo a gusto. Soy feliz, en una palabra (se emociona al decirlo, casi sucumbe al llanto).

Tus hijos no van a continuar con el almacén. ¿Qué te provoca eso?

-Nada, no. Lógicamente uno hubiese querido que esto tuviera continuidad, pero cada cual toma su rumbo. Para estar al frente de un mostrador tenés que nacer con cierta pasta para eso, de golpe no se puede pasar de una actividad a otra. Cada uno de mis dos hijos tiene su trabajo, y es lógico que cada quien debe defender lo suyo. No me causa ningún problema, porque no lo esperaba, yo siempre supe que mis hijos iban a dedicarse a otras cosas.

¿Cómo recibiste el premio Mérito, cuáles son tus sensaciones?

-Con mucha alegría y felicidad (otra vez al borde de estallar en llanto). Me preguntaste si iba a seguir, y te digo que estos reconocimientos me hacen continuar. Es muy lindo que te saluden la familia, los amigos, los clientes, alguno en la calle o en el banco. Son satisfacciones que te instan a seguir transitando por el camino que vas. Le agradezco mucho al Rotary, como también a la Cámara Comercial, que nos entregó una plaqueta.

En rigor, vos recibiste el premio, pero el Mérito también fue para tu padre y tu abuelo.

-Claro, se premió a la firma, somos las tres generaciones. Incluyo también a mi madre y a mis hijos, porque a pesar de que no se dedican al mismo rubro, cuando los he necesitado me han respondido a pleno. Y brindo un reconocimiento especial a mi mujer, Stella Maris Neira, con quien este año cumplimos cincuenta años de casados. Sin su apoyo esta historia no hubiese sido posible, ya que siempre estivo a mi lado, me ayudó a tomar decisiones y me dio una mano aquí en todo momento.

El almacén La Esperanza trabaja de lunes a viernes, de 8 a 12.15, y de 16 a 20.30 horas; los sábados, de 8 a 12.45, y de 16 a 20.30, y -en época de carneada- los domingos, de 9.30 a 12, para recibir especialmente a sus clientes del campo. “A pesar de que mi familia me pide que los domingos no abra…”, admitió ‘Pochi’.

Te piden que dejes y ahora también abrís los domingos. Cada vez más lejos del retiro…

-Bueno, sí (sonríe). Pero lo de los domingos sólo lo hago en época de carneada, hasta agosto o septiembre…

‘Pochi’ no se va a retirar. Para él la vida es La Esperanza, y la esperanza es seguir. En su local todo reluce ordenado, si sacás una latita de lugar, es como si se cayeran las Gemelas y el mundo se viniera abajo. Así en la vida como en el trabajo, ‘Pochi’ no quiere sorpresas, necesita ir pisando con pies de firmeza y responsabilidad los mismos mosaicos de todos los días, los que le dan seguridad y le permiten ser. Por eso su pequeño-gran mundo regido por el orden y la confianza que proveen las estructuras funciona con los piolines simples pero rendidores de siempre, esos que aprendió de su padre y de su abuelo.

Chino Castro

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